Ana Rodarte/Semblanza y obra

Nacida en Tampico, Tamaulipas en 1994, Ana Rodarte es Licenciada en Relaciones Internacionales, servidora pública por las mañanas y escritora de clóset por las noches. Como feminista devora libros consagrada, dedicó enteramente su 2018 a leer autoras de diversas partes del mundo.

Le gusta creer que escribe poesía; sus pasiones son sus acciones.

Te dejamos algunos fragmentos de su obra.

Acuarela Mental

Recortadas entre persianas, las siluetas del atardecer se van desdibujando en tu mirada.

No lo entienden; sueltan gotitas de desconsuelo al saberse extinguidas.

Ha llegado el momento.

Ahora se ven reemplazadas por la oscuridad que se asienta sobre tu pecho. Lentamente, ésta hace crepitar los sabores desnudos, y se prepara para zambullirse en un abismo impuro.

Te tientan mis manos.

Rodean tus piernas.

No buscan aparente salida de este enredo.

Deciden hospedarse un rato más, siempre un rato más.

Y entonces siluetas, oscuridad, manos,

se funden, se hunden,

se entrelazan, se respiran.

Y así, en un solo movimiento,

emana tu sonrisa.

Prismas

A veces me miro en el espejo, y pienso en las mujeres que han sido para que yo sea. Me invento sus rasgos y peculiaridades a partir de los entrevistos en mí.

Ahí está la gitana de cabellos extrovertidos y pies fuertes. Las cartas echadas por Madrid la hacen añorar los andares dispersos ahora prohibidos.

Esa espía, buscadora ávida de historias para ser re-contadas. No hubo nadie en el pueblo sin difundir sus proezas de canto y sangre.

Una madre tomadora de decisiones, mirada suave, luminosa. De su cuello cuelga el pedazo de organdí -el más querido- de aquel vestido de bodas jamás utilizado.

Esta cocinera con un mapa estelar consciente sobre su cuerpo. Sus lunares le parecen recordatorios de cómo las mejores cosas de la vida requieren de una guía (o receta) para ser encontradas.

Aquella vanidosa de piel incólume. Monterrey nunca ha vuelto a ver “semejante muñequita” paseándose por la Plaza Zaragoza.

La molinera de lengua estruendosa. A la luz del quinqué canta canciones porteñas para sus allegados; todos, absolutamente todos, palpitan bajo su compás.

Qué fortuna. De alguna forma, todavía no han partido. Las encuentro a diario en mis sombras, me dan sus fuerzas; yo les correspondo mediante un abrazo cercano, de los que son capaces de romper espacios y épocas.

El día en que Cortázar revivió fue un 14 de mayo de 2016

Escuché que venías a visitarme.

Mis cronopios se asustaron.

Comenzaron a caminar en círculos, mientras agazapados susurraban

que todavía no.

Yo no les quise poner mayor atención, así que decidí recostarme sobre el lado izquierdo,

mi favorito.

Cerré (más) los ojos.

¿Y qué si venías a verme?

No serías la primera ni la última, y definitivamente tampoco serías la más loca.

¿Cuál es el problema de estos vetustos cronopios?

Decidí atender el asunto después, como cualquier experto burócrata típicamente haría un viernes a las 16:35 horas. Al cabo que tiempo es lo que me sobra desde 1984.

Ya te encontrabas cerca.

Pude sentir los pasos toscos, ligeros, torpes.

Los tuyos, finalmente.

Pero también sentí tu derroche de pasión hacia la Ville des Lumières. No lo ocultas y lo saboreas concienzudamente.

Comprendí a los cronopios.

Ellos nunca se equivocan.

La única anterior ocasión en que percibí esa vibración me alcanzó para estar vivo durante setenta años.

Gracias a vos recordé lo que era alabar, más que observar, cada rinconcito parisino. Cómo no importando las inclemencias humanas o naturales, la ciudad no deja de presentarse hermosa, antigua e imponente. Comprobé que mis barrios seguían poseyendo su esencia, a pesar del cambio de estilo de los coches y de algunas personas. Los lugares en los que amé no me habían olvidado. El hechizo de Lutecia atormenta a locales, extranjeros, aristócratas, pordioseros, vivos, muertos…

Muerto…

¿A quién se le ocurre estar muerto cuando el jazz, la cultura y la bohemia todavía emanan a vertientes entre el bullicio de todos los días de mi París?

Si tuviera todavía cuero cabelludo, ya me lo habría arrancado, che.

¡Los celos que me has dado!

Fue demasiado; no podía reanudar de manera tan plácida mi eterno descanso. He huido al Au Chien qui Fume con todo y lápida.

Ya me han traído lo de siempre.

Lote tres, espacio veinticinco.

Lote tres, espacio veinticinco.

Lote tres, espacio veinticinco.

Minutos infructuosos de búsqueda nos llevaron a la única conclusión:

Se había marchado.

Sólo Cortázar se las ingenia para no estar muerto cuando vengo a visitarlo; qué apropiado y congruente de su parte.

-No creo que se hayan llevado el cuerpo. Has de estar parada sobre él, ¡aquí estás!-.

Carlos no lo entiende. O prefiere ignorarlo.

No sabe que rendir culto a alguien es en realidad rendir culto a su memoria tangible en el mundo; no a sus decadentes, podridos huesos.

Suspiré.

-Qué decepción, che. Qué decepción-.

 

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