Apegos

Por Marcela Magdaleno *

—¿Qué hace una silla caminando en la sala?

—¡No es una silla!

—Entonces, ¿qué es lo que brinca en la estancia?

—¡Es la tía Chata!

—¿La tía? Pero, ella murió hace un año.

—Ya sé, pero sigue rondando sus cosas.

—¿Cuáles cosas si no hay nada?

—Las que estaban en su casa. Aún vive en ellas aunque su cuerpo ya no esté.

—¿Seguro que es la tía?

—Sí. Tenía tantas cosas que nunca se dio cuenta que había demonios viviendo en ellas.

—¡Mira!, ¡esa silla tiene patas!

—Te digo que es ella.

—¿No te espanta?

—Ya me acostumbré.

—¿Pero, qué no la incineraron y dieron sus cosas a un bazar?

—Sí, pero sigue rondando su paquete emocional.

—Su paquete, ¿qué?

—Su paquete emocional.

—Su paquete de cosas inservibles dirás. ¡Ya tira todo a la basura y quema su alma!

—No se puede.

—¿Por qué?

—Ella quiso llevarse todo: las alhajas, el quinqué… pero se materializó en silla. Ya ves lo envidiosa que era. Nunca soltaba nada. Y cuando quiso llevarse lo importante se fracturó.

—¿Qué no murió porque se rompió el fémur?

—Acuérdate, estaba rota antes de romperse y cuando supo que tenía que soltar las cosas se aterrorizó y murió.

—¿Soltó lo importante y se quedó con la basura?

—Sí. Así pasa cuando la gente muere sin ver lo importante.

—Déjame entender, ¿el enojo la cegó y ella se volvió silla, buró o perchero?

—Sí. De repente todas las cosas se mueven en la casa, a veces, hasta se vuelve refrigerador.

—Se me hace que mezclaron sus cenizas con limón.

—De verdad que no. A pesar de su avaricia le dimos santa sepultura.

—Entonces arráncale una pata a la mesa a ver si grita.

—Ya lo hice, hasta la tiré a la chimenea, pero parece que se adhiere a otras cosas.

—¿Entonces tiene hambre de cosas?

—Yo creo que tiene el pelo enredado y de noche teje puentes con su miedo. Le da miedo no tener qué comer.

—¿Las cosas son comida?

—Para ella sí. Tenía que llenar sus vacíos con madera, oro, plata y fierro.

—¿De chiquita no le daban de comer?

—No.

—¡Pero si estaba bien gorda!

—Pues sí, pero no le dieron de comer amor.

—¿A qué sabe el amor?

—Dulce, y a veces acidito. Por eso le salieron llagas, por eso estaba llena de agujeros.

—¿Que la comida sin amor, perfora?

—Sí, y duele mucho.

—¿Entonces esos agujeros que debieron llenarse de amor los llenó con muebles y comida?

—Sí, ya ves, cuando te esfuerzas entiendes.

—Entonces el miedo la atrapó, se volvió cosa y hoy llora su abnegación, por eso es fantasma.

—¿Y quién habló de fantasmas? Te estoy diciendo que es tocador, pupitre o candileja. ¿Qué no entiendes?

—Entonces, ¿las cosas dan identidad?

—Exacto, ya ves que era bien presumida. Creo que ahora vive en el ropero, ya ves que allí estaban todos los abrigos y las joyas. Por eso su garganta se volvió apego.

—¿Te pegó?

—Dije apego,… cosas que se pegan.

—¿Entonces, el apego se la tragó?

—No hombre, ella se tragó los apegos, se atragantó y murió asfixiada.

—Entonces por eso se volvió mueble.

—Por fin entendiste.

*Cuento perteneciente al libro “Un mundo al revés”, el cual se publica con la autorización de la autora.

 

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