Arder en la palabra/Roxana Elvridge-Thomas

Reproducimos el texto que Roxana Elvridge-Thomas leyó en el homenaje a Dolores Castro que tuvo lugar el pasado 20 de enero en el Palacio de Bellas Artes. Agradecemos a Elvridge-Thomas el habernos otorgado el permiso para publicarlo.

 

Cómo arden, arden

mientras van a morir empavesadas

las palabras.

Leñosas o verdes palabras.

 

Bajo su toca negra se enjaerzan

con los mil tonos de la lumbre.

 

Y yo las lanzo a su destino;

en su rescoldo brillen.

 

Con este poema de Dolores Castro quise comenzar para dejar patente su voluntad de palabra, su arder en la palabra poética y brillar en ella, su esencia innata de ser de luz, de efigie que se calcina a sí misma en la fragua de las letras y triunfante se levanta de ellas, cual ave fénix.

Este poema, además, nos deja clara la fe de Dolores Castro en la palabra poética, ese ser multiforme y revelador que constituye la parte medular del hecho poético y del cual está constituido el poema.

Esa palabra cargada de sentido que transforma, que hace suceder, porque como dice Antonio Colinas, en su libro El sentido primero de la palabra poética:

Desde sus orígenes, la palabra poética surgió en una atmósfera de magia. En sus inicios, la palabra poética es invocación, ensalmo, amenaza, imprecación, plegaria… En pocas palabras, podemos afirmar que la poesía es simplemente el lenguaje de que el hombre se sirve para hablar con los dioses. El hombre utiliza la palabra para hablar a la Divinidad. O para imitarla.” [1]

Y continúa más adelante, diciendo que

La palabra poética le sirve también al hombre para desvelar el misterio, que no es un misterio necesariamente religioso (…) La palabra poética es una necesidad primordialísima del ser humano. La palabra poética posee un sentido que, desgraciadamente, hoy en buena parte se ha perdido, pero que, a lo largo de los tiempos, sí ha poseído de forma deslumbrante y sorprendente[2].

Palabra poética que funda parte de su potencia en el ritmo, en esa capacidad suya para trascender la realidad y erguir, en el aquí y ahora al poema, haciéndolo suceder cada vez que se lee, cada vez que se dice y se le convoca.

La poesía es un rito que hace suceder, que trae al aquí y ahora el tiempo primigenio e inaugural, ese instante en el que sucede lo nombrado por la palabra poética que es al mismo tiempo el más remoto, el que está en el futuro del lector y el que se actualiza en el hoy de la lectura y escritura.

Una de las características fundamentales de todo rito es el ritmo, ritmo de la palabra poética llevada a su más pura expresión, elevada a su plano absoluto, como lo pedía Mallarmé, sacada del ámbito bruto e inmediato en que la ha sumergido la cotidianeidad que la ha convertido en un instrumento de cambio y hace uso de ella “como tomar una moneda y depositarla silenciosamente en la mano de otro”[3] y elevada a la esfera de lo esencial, porque la palabra esencial es algo más que el término medio entre dos espíritus; es un instrumento de poder. Su fin es conmover, en el sentido más recio del vocablo, sacudir las almas hasta lo más hondo, provocar en ellas el nacimiento y la metamorfosis de ensoñaciones “abiertas”, capaces de engendrarse libre e indefinidamente.[4]

Palabra esencial que nos descubre al mundo como verdaderamente es y nos invita a acontecer con él más que a intentar comprenderlo, a vivirlo plenamente a través de la plena eficacia del lenguaje que devela la esencia original del ser de las cosas.

Esto es precisamente lo que produce en nosotros la poesía de Dolores Castro, Nos lleva a nosotros, sus lectores, a través de su palabra poética que nos devela la esencia original del mundo que nombra, a descubrir, como si fuera la primera vez, eso que en su poesía está nombrando, por virtud de la palabra y su ritmo.

Veamos un ejemplo de lo que digo en el siguiente poema del libro Tornasol (1997):

Abre la puerta

para que pase el huracán.

 

Sólo queda la niebla

o el recuerdo de la niebla.

El estruendo pasó y cada cosa vuelve

a su lugar.

 

El arrastrar del viento

no ha dejado más huella

que el sabor de la sal.

Todo vuelve a su curso,

avanza la noche.

La madrugada será puntual.

Podemos observar la contundencia de la palabra, lo potente de las imágenes y lo certero del ritmo que nos transportan al tiempo y lugar que se está nombrando en el poema, que recrean ese instante inaugural cada vez que se lee el poema.

Porque la poesía de Dolores Castro sabe captar, como muy pocas, la visión poética del instante. Y sabe, en el rito de la poesía, hacer de ese instante un momento eterno por virtud de la palabra poética y sus ritmos.

Y tiene la virtud de lo que ella llama la “participación de la poesía”, esto es, según sus propias palabras, “hacer que otros tomen parte de lo que tenemos dentro”[5], y que yo llamaría la capacidad de conmover, esto es de mover-con, de mover el alma del otro con la propia, por virtud de la potencia,  de la sinceridad y del poder revelador de su palabra poética, porque como dice Colinas:

Creo que, en lo esencial, el poeta fundamental no describe, ni divierte, ni testimonia. En lo fundamental, la palabra poética revela.[6]

Vemos entonces que Dolores Castro está en el camino de la búsqueda de la verdad, en el camino de concebir a la palabra poética como conocimiento. Ella misma ha expresado en entrevistas que la poesía “da conocimiento porque se introduce en el instante de contemplación”. La poesía, también, es el hilo conductor que une al ser con el Todo y vendría a concordar al ser humano con el Universo que lo rodea. La poesía también, afirma Martin Heidegger, “es una forma de adquirir conciencia”.

Todo esto lo sabe muy bien Dolores Castro y lo ejerce en su oficio de poeta, llegando a un conocimiento superior a través de la palabra poética y llevándonos a nosotros, sus lectores, a una trascendencia y a una develación del mundo a través de su poesía.

Porque está muy consciente, también, de que la palabra poética es salvadora: nos recuerda quiénes somos para saber a dónde vamos y reconocer la vida más profundamente.

A eso nos ayuda Dolores Castro, tan generosa en su labor poética y en su vida, a quien le debemos tanto muchas generaciones de poetas que hemos crecido bajo sus enseñanzas y hemos sido testigos de su gran generosidad, pero sobre todo, de su altísima calidad como ser humano y como poeta.

 

[1] Colinas Antonio, El sentido primero de la palabra poética, Madrid, Fondo de Cultura Económica, Col. Sombras del origen, 1989, p. 15 Madrid,

[2]Colinas, 1989, p. 15

[3] Apud  Mallarmé, Marcel Raymond, De Baudelaire al surrealismo, FCE, Col. Lengua y estudios literarios, 1983, p. 25.

[4] Raymond, 1983, p. 25.

[5] En Bernárdez, Mariana, Dolores Castro, Crecer entre ruinas, UAM/Ediciones el Lirio, 2015, p. 79

[6] Colinas, Op. cit., p. 21.

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