Asistente personal

Por Marcela Fonseca

Todos los días, le llevaba de regalo una rosa roja de tallo largo, que terminaba cada noche en la basura. Sabía de antemano que no recibiría agradecimiento alguno por mi gesto, pero eso no me impedía realizarlo de buena gana, con la exactitud y precisión de un reloj.

Había empezado a trabajar para la gran Edwina Walters hacía tres años. Era yo quien me ocupaba de su vestuario, de que su maquillaje no se corriera cuando lloraba en escena o cuando estaba demasiado tiempo bajo los reflectores. También de que sus pelucas lucieran peinadas e impecables. Repasaba con ella sus líneas ad aeternum, para que no se le olvidaran ni cometiera ningún error. Pero, sobre todo, me encargaba de corregir la ortografía y redacción de sus libretos, que ella misma insistía en escribir. Era una persona insufrible y, sin embargo, yo la amaba. Había querido ser como ella desde que la vi por primera vez en una revista; desde el día en el que decidí dejar mi pueblo natal y trasladarme cruzando cuatro estados, empacando mi mundo dentro de un camión U-haul para mudarme a la ciudad y convertirme en su esclava personal. Ella no me veía, jamás me había visto. Tampoco me hablaba, si no era necesario. Me miraba siempre por encima del hombro, como si fuera indigna de que sus ojos se posaran en los míos por más de una fracción de segundo. No cabía dentro de su vocabulario una palabra de amabilidad o de gratitud. Ella creía merecerlo todo y estaba convencida de que los demás no merecíamos nada, ni siquiera un saludo. Alguna vez, cuando ya llevaba varios meses corrigiendo sus textos escritos con palpable desgano, me aventuré a dejarle unos escritos míos, adjuntándole una pequeña nota en la que le pedía que me diera sus comentarios. Significaría mucho para mí. Me los devolvió sin siquiera leerlos.

Aquella noche después del espectáculo, como tantas otras, un hombre había acudido al camerino para verla, para adularla, resaltando su resplandeciente belleza y su despampanante actuación. Era su alimento, lo que más le gustaba en la vida. En esa ocasión, algo salió mal. Yo observaba desde las sombras su coqueteo incipiente. Estoy segura de que pensaron que estaban solos, porque yo me movía sin hacer apenas ruido. Al principio, ella parecía disfrutar del flirteo, después se hicieron de palabras, quizás ella decidió que no estaba de humor para soportar sus avances. Él intentó besarla a la fuerza y la arrinconó con su cuerpo contra el espejo. Intentaba someterla. Yo empecé a grabarlo todo con mi celular.

En pocos segundos, el forcejeo se salió de control. Ella estiró el brazo que tenía libre hacia el pequeño mueble en el que guardábamos los peines y las pelucas. Con la mano extendida, como buscando asirse de algo, tiraba los espejos y los frascos de maquillaje al suelo, mientras la de él intentaba abrirse camino bajo sus faldas. Yo estaba petrificada. Desde mi lugar oculto, pude ver como ella tomó las tijeras puntiagudas con las que cortábamos los hilos de los pespuntes y se las clavó en el cuello, con tal contundencia y resolución que la sangre salió en un chorro poderoso y vibrante, pintando en el espejo un patrón surrealista. La gravedad hizo su parte, el hombre cayó al piso con un golpe sordo y la sangre que surgía en borbotones de su cuello, se mezcló con los polvos de ojos y el carmín desparramados a su alrededor, convirtiéndose en un menjurje asqueroso, denso y pastoso de color rojizo oscuro con brillos tornasolados. Ya en el suelo, ella se le montó encima y como poseída continuó golpeando, clavando, atacando, hundiendo aquellos picos punzantes y plateados una y otra vez, con una fuerza y una rabia que jamás pensé que esa pequeña mujer pudiera tener, hasta que él dejó de moverse. Todo había quedado grabado en mi teléfono móvil. El cadáver yacía, solitario y tieso en medio de ese charco repulsivo. Había que pensar rápido. Lo decidí en un segundo. Salí de mi escondite y tomé las riendas de la situación. Le ordené cambiarse de ropa. Ella obedeció con la docilidad de un conejo amaestrado. Se le notaba el pavor en los ojos desorbitados. Luego, la urgí para que saliera por la puerta trasera y no parara hasta llegar a su casa, debería asearse y esperar noticias mías. Del desastre me encargaría yo. Usé guantes de limpieza antes de tocar cualquier cosa. De algo me serviría lo aprendido de CSI y Criminal Minds. Arrastré el cuerpo hacia afuera, la calle estaba desierta. Lo haría parecer un asalto común. Con rapidez lo despojé de su reloj, de las llaves del auto y la billetera. Regresé para limpiarlo todo, intentando no vomitarme encima. Utilicé todo el cloro que quedaba en los bidones y abrí las ventanas para que circulara el aire. Guardé las prendas manchadas de sangre en una bolsa de basura. Las quemaría en mi casa. Por último, con todo cuidado, tomé las tijeras y las envolví en una toalla. Esas las guardaría yo. Antes de salir, llamé al 911 para reportar de manera anónima un incidente en la esquina de Dowers y Regent. Le envié un mensaje al celular y le dejé una nota manuscrita pegada en el espejo, que ella entendería a la perfección. Era una mujer inteligente.

De niña, mi madre me enseñó a corresponder por los favores recibidos. Por esta razón, así lo hice, a pesar de que el difunto ni siquiera fuera consciente del valioso obsequio que me dejó. A partir de entonces, era yo quien reinaba en el teatro. Bastaba una mirada para recordarle a Edwina el inmenso poder que tenía sobre ella. Su miedo a verse descubierta me había convertido en la gran escritora Margot Didier.  Por eso todos los días me pasaba por el cementerio, le llevaba de regalo al muertito una rosa roja de tallo largo y la dejaba sobre la lápida de su tumba. Sabía, de antemano, que no recibiría agradecimiento alguno por mi gesto, pero eso no me impedía realizarlo de buena gana, con la exactitud y precisión de un reloj.

Marcela Fonseca
Nació en la CDMX en 1970. Estudió la licenciatura en Derecho en el ITAM, graduándose en 1995. Su pasión por la escritura nació desde que era muy pequeña. Su primera publicación fue el cuento infantil “Los niños y la gran pared invisible” en 2019. Acaba de terminar su primera novela, la cual espera publicar próximamente.

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