Carmela y la Poniatowska/ Columna

Carmela y la Poniatowska

Por Teresa Muñoz

Iba a comenzar con el lugar común de los encuentros olvidables y los inolvidables, puesto que lo que narro hoy tal vez sea historia común, pero para la chiquilla de 12 años que era en ese entonces fue un giro completo a otra realidad: la noche que conocí a Elena Poniatowska.

En ese entonces vivíamos en Minatitlán. Era felicidad pura porque ya nos habíamos librado de los primos ñoños, de los comentarios castrantes de las tías; Mina no era una ciudad con grandes centros comerciales o supermercados, pero representaba un mundo lleno de gente de otras partes del país, con costumbres, creencias, alimentación e incluso religiones distintas.

Mi mejor amiga era Teté. La biblioteca de su casa tenía la colección completa de Agatha Christie. También libros cuyo forro impedía ver el título. Estos últimos eran de Carmela, hermana de mi amiga, que estudiaba periodismo en la Ciudad de México.

La casa de Teté tenía mujeres que se salían de los moldes conocidos hasta el momento; su mamá, Esther, coordinaba un grupo de vendedoras de productos de belleza, haciéndola diferente a las otras mamás que había conocido. Si bien mi abuela paterna y mi tía la soltera trabajaban todo el día, la razón por la que lo hacían no era la misma que impulsaba a Esther. Ella nos hablaba mucho de la importancia de la independencia femenina, de buscar la auto realización. Comulgaba con mi idea de que el matrimonio y los hijos no lo son todo. Ahí escuché por primera vez la frase “la liberación de la mujer comienza por el bolsillo”. Viniendo de una familia super religiosa y con ideas de machismo bastante arraigadas, solo abría los ojos y escuchaba.

A Carmela la vi unas cuantas veces, y a pesar de ser mucho mayor que nosotras, nos escuchaba. No hacía preguntas tontas como “¿si estudias eso, de qué vas a vivir?”. La recuerdo aguerrida, siempre dispuesta a contestar a su papá con argumentos, a dar sus opiniones sin tapujos y a defender lo que quería de la vida. Uno de sus libros forrados era La noche de Tlatelolco de Elena Poniatowska.

Lo primero que nos impulsó a ver el libro (esto sucedió antes de que tuviera quince años), fueron las fotos de esa edición de Era (1980). Fotos de una crudeza que la ex niña de colegio que comenzaba a ser no había visto. Por supuesto que luego vinieron las historias, saber que había ocurrido justo por el tiempo en que fui un bebé en Insurgentes Norte. Y mil preguntas surgieron. Y la persona correcta para responderlas fue Carmela.

Es difícil hablar de un libro que ha sido reeditado tantas veces, reseñado otras más sin volver a decir lo que ya se sabe: a partir de testimonios crudos, asustados, llenos de enojo, valientes, desafiantes y en el momento exacto, la autora relata los vergonzosos días del 68. El libro reúne la crónica, el testimonio y la denuncia; se vuelve un arma de conocimiento y desazón, puesto que, al menos para las chiquillas que éramos, entre más conmovidas por los sufrimientos de las madres buscando a sus desaparecidos, de los sobrevivientes relatando la muerte de amigos, compañeros, desconocidos a los que acompañaron en su agonía, no encontrábamos una razón real que explicara lo sucedido.

Tlatelolco se volvió un sitio mítico que debíamos visitar en algún momento de la vida. Y perdimos ese inocente respeto que se le guarda en la infancia a la autoridad.

Aunada a las dos mujeres que comenzaban a mostrarme un mundo femenino diferente, llegaba Poniatowska con valentía a narrar y rescatar los terribles días de octubre, llevándome de la mano a caminar con los familiares de los desaparecidos, haciéndome sentir que yo daba consuelo a los moribundos, y preguntarme si mi sangre fue derramada en la plaza ese día. La rabia al darme cuenta de que el mismo pueblo había comenzado la matanza contra sus coterráneos (lo sé, lo sé, bajo el mando del poder), el miedo de que pudiera volver a pasar lo mismo. La sensación de seguridad destruida en el momento de terminar el libro. Todo lo anterior moldeando a esta adolescente que fui.

Elena Poniatowska, a pesar de sus orígenes aristocráticos (hija de un príncipe y una chica de familia porfiriana exilada en París) ha sido políticamente de izquierda y defensora de los derechos humanos. Con sus puntos de vista, ha influido a los sectores intelectuales más prominentes de México. La conocemos como una periodista y escritora comprometida con las causa más justas. Y esto independientemente de lo que se diga de ella actualmente.

En su literatura tenemos una escritura fuerte, valiente, que desenmascara el abuso y muestra la realidad del conflicto. La noche de Tlatelolco no es un relato endulzado ni tibio, y por eso permanece en el alma del lector de todas las edades. En mi caso, una adolescente ansiosa de mundo me hizo ver que México son muchas voces, que mi país no es la comodidad en la que nos dormimos todas las noches, sino que hay otros, y sobre todo otras, en una lucha constante por salvar la dignidad, el respeto y los derechos que nos corresponden simplemente por ser parte de una nación.

Y oficialmente me volví la rara de la familia.

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