De Castellanos aprendí a entender al desvalido.- Orozco

Platicamos con la escritora mexicana Rebeca Orozco sobre su novela «El aire en que se crece» (Planeta) dedicada a la vida y obra de Rosario Castellanos. El libro se presenta hoy en la 40 Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería con la compañía de Mónica Lavín.

Tu trabajo tiende mucho a los temas históricos, tanto en tus novelas como en los libros para niños, ¿qué fue lo que te atrajo de la temática para escribir sobre ella?

Me interesa mucho México en sí. Yo empecé a interesarme por la historia porque los primeros libros que hice -uno sobre Josefa Ortiz de Domínguez, otro sobre la Nao de China- empezaron a llamarme mucho la atención. Esto sucedió en la Editorial Tecolote. Sentí absoluta fascinación por la historia y luego esta misma pasión la volqué en los libros para adultos.

¿Cuál es la diferencia entre escribir libros infantiles y libros dirigidos al público adulto? ¿En dónde te sientes más cómoda?

Me gusta mucho escribir tanto libros para adultos como libros para niños. El lenguaje es diferente, por supuesto. Cuando yo escribo para niños trato de recordar lo que he aprendido en los talleres que ofrezco para ellos. Recuerdo las preguntas que me hacen y la manera en que ellos miran el mundo. Trato entonces de plegarme a ese lenguaje. Los niños tienen un poder de asombro inmenso. Ellos hablan como si vieran las cosas por primera vez. Yo siempre trato de recuperar eso. Y, en el caso de los adultos, el lenguaje sí es distinto. A lo largo del trabajo que he realizado haciendo libros, he procurado formarme un estilo, pero más abierto a los adultos.

Entrando a la parte sobre Rosario Castellanos, la fuente principal en buena parte del libro fue la Maestra Dolores Castro, mejor amiga de Castellanos, me imagino que pasaste varios días con ella, que te enseñó fotos y documentos. Cuéntanos un poco.

 Ella (Dolores Castro) sigue viviendo en la misma colonia de cuando recién se casó, en Lomas de Sotelo. Yo tenía la oportunidad de ver la casa que aparece en la novela. Claro, se ve que le han ido aumentando cosas. Me recibió una de las hijas y vi que la casa estaba llena de libros. Ella (Dolores) siempre es muy visitada por sus hijos y nietos. Se ve que es muy familiar. Se percibe eso. En esa casa creo que solamente viven ella y la hija, pero sí es muy visitada.

La vi en una salita como con sillones antiguos. Ella tenía como 94 o 95 años. Ahorita creo que ya tiene 96. Ya no escucha de un lado, pero se esforzaba en contarme. No hubo mucha posibilidad de que me mostrara fotos, pero me contó anécdotas de la secundaria en un tono de verdadera admiración hacia su amiga. Era un amor inmenso el que le tenía a Rosario. A mí me sucedió que, mientras ella hablaba, yo admiraba mucho a Dolores Castro. Es muy diferente a Rosario Castellanos. Es muy cándida, le ve el lado bueno a la vida, disfruta todo. Ella decía: «mira, yo estoy sorda, pero no importa, vamos a seguir todavía». Incluso da talleres de poesía todavía. Me contó detalles de la vida de Rosario Castellanos, algunos aspectos de su vida psicológica. Me habló de un trastorno que tenía. Según me dijo no grave, pero Castellanos podía pasar de estados de euforia a estados de depresión. Cuando me contó eso pensé que este tipo de cosas «salen en las pláticas», pero no aparecen mucho en investigación. Me habló de cuando fueron a Europa, de la escuela y, pues, Dolores Castro era muy «ligadora» (ríe). Fue encantadora. Yo le enviaré la novela, quiero que la tenga. Hay ahí un agradecimiento para ella. Solamente pude hablar un día con ella, pero platicamos largas horas.

Mucho de la adolescencia y de los años universitarios de Castellanos lo encontré en artículos que Castellanos publicó en Excélsior, porque ella dedicó gran parte de su tiempo a escribir sobre su autobiografía. También tuve la oportunidad de hablar con Raúl Ortiz y Ortiz, su amigo cercano. Él me contó de la época anterior a Israel. Con él tuve oportunidad de platicar en más ocasiones. Fue complicado por su estado de salud, pero me ayudó mucho. Tiempo después murió. Agradezco su generosidad y tiempo.

Castellanos vivió una infancia difícil por la pérdida de su hermano, la indiferencia de su madre y, al mismo tiempo, estuvo envuelta en una cosmogonía indígena, ¿cómo influyó esto en su obra?

En Balún Canán yo veo clara la época de Chiapas. Sin embargo, su situación de niñez, tema que yo manejo en la novela, es una búsqueda constante de identidad que la madre le arrebató, digamos, al mencionarle que mejor hubiera muerto. Al parecer la madre nunca comprendió la capacidad de inteligencia de Rosario Castellanos. El padre sí lo comprendió, pero siempre existía esa idea de que el varón era quien podía ser alguien en la vida y que muerto el hijo quién iba a heredar las tierras; que Rosario no iba a hacer nada de la vida, etcétera. La madre la desdibujó y Rosario Castellanos buscó dibujarse a lo largo de la vida. Ella procuró siempre tener una presencia y verse al espejo más fuerte, más completa. Eso es lo que yo busco retratar en la novela. Esa búsqueda de sí misma lo largo de la vida. Pero creo que en sus poemas, sobre todo, hay partes en donde ella habla mucho de su existencia y de su presencia en el mundo.

En la novela hay una parte que dice “sus compañeras decían que el intelecto de Rosario ahuyentaba a sus prospectos de esposos”, aquí vemos el tabú de que una mujer inteligente queda sola. ¿Qué tan vigente sigue siendo esto?

La idea de que una mujer inteligente debe quedarse sola, en pleno siglo XXI, sigue muy vigente (ríe). Yo creo que todavía hay hombres que tienen miedo de sentirse opacados por una mujer. Sobre todo los hombres inseguros que no se han adaptado a la nueva situación de la mujer. Creo que ellos prefieren que las mujeres no brillen demasiado.

  Para escribir su tesis, Castellanos se pregunta: “¿Existe la cultura femenina?, si no existe ¿a qué se debe”. ¿En 2019, qué respuesta tiene Rebeca Orozco a esto?

Creo que en esa época el papel de la mujer, sobre todo de clase media, era el hogar, casarse. No había posibilidad de cuestionarse otra cosa. Ahora los chicos pueden elegir si se casan o no. Toda la publicidad de esa época abordaba el papel de la mujer exclusivamente en el hogar. No estoy subestimando este rol, para nada. Pero sí creo que debe existir una combinación del trabajo con el hogar. En esa época el que una mujer saliera a trabajar era mal visto, pero era incluso peor si una mujer se dedicaba a la pintura, escultura, escritura. Por eso Rosario Castellanos se cuestiona en su tesis: ¿Existe la cultura femenina? Y lo curioso es que al mismo tiempo que ella hizo esta tesis, Simone de Beauvoir estaba planteando lo mismo. Sin embargo, la obra de Beauvoir no había llegado a México, por lo que Castellanos no tenía idea de la coincidencia. Ya después lo notaría.

Yo creo que ya ahora sí existe la cultura femenina en México. Ya hay mujeres que destacan en diferentes ámbitos. Esto se aprecia en la ciudad, falta todavía más en provincia. Ojalá que pronto así sea. Yo veo que sí hay un gran adelanto al respecto.

A lo largo del libro, se nota cierta contradicción en Castellanos; por un lado, pelea porque la mujer sea más que esposa y madre; ella misma logra grandes cosas y es considerada como una de las mentes más lúcidas del país; sin embargo, por otro lado, se enamora, citando a Ángeles Mastretta, “como lo hacen las mujeres inteligentes, como una idiota”. ¿Cuál crees que de las dos vertientes acabó predominando en Castellanos?

Rosario Castellanos era dual y contradictoria. Esta faceta es precisamente la que yo manejo en la novela. Una mujer que escribe poemas de esa forma por supuesto que se enamora del modo más apasionado que existe. Ella no se pudo enamorar de nadie más que de Ricardo. Él fue el amor de su vida. Tenía pretendientes, y no les hizo caso. Fue una obsesión. Eso ya se trae en la piel y por más que el intelecto sea elevado, no se puede controlar la pasión y la entrega. Además, en esa época el divorcio era muy mal visto. Creo que es una contradicción y lucha continua, pero esto la hace todavía más persona y personaje. Al final de cuentas todas las mujeres tenemos estas contradicciones.

En el libro hablas de una parte desconocida de Rosario Castellanos, cuando está viviendo en Chiapas, trabajando para el Instituto Nacional Indigenista y ayuda mucho a los pueblos originarios haciendo obras de teatro, traducciones a las lenguas originarias, etcétera ¿Por qué crees que se ha dejado de lado este aspecto, crees que aún hay que explorarlo?

Nunca me lo habían preguntado y sí, yo disfruté muchísimo empezar a encontrar a esa información, cómo ella iba a caballo, dormía en la tierra… todo eso lo encontré en la publicación de un antropólogo que es muy poco conocida, en la que explora una faceta de Rosario que es fascinante. Hay algo que a mí me estremece, en la que se dicen cosas como “nosotros que somos de la ciudad, vamos a enseñarle a los indígenas cómo deben portarse. Vamos a poner drenaje” y le dice el indígena “pero para nosotros la tierra es sagrada, ¿cómo vas a herir la tierra?” Y tienen toda la razón, por eso hoy en día la antropología es tan diferente a la época de Rosario, ahora tal vez nosotros salimos de alumnos.

Lo trabajé muchísimo. Hay muchas versiones de la muerte de Rosario y me costó mucho trabajo porque yo no quería ser unilateral y dar la estricta versión, la de la descarga eléctrica, que sí me confirmaron Dolores Castro y Raúl, pero como había otras voces cuando yo fui a Comitán que me decían otra cosa, yo dije “no puedo excluirlo”. Por eso decidí manejarlo de esta manera, para que el lector finalmente lo viva y lo sienta.

Hablando un poco de los métodos de escritura y “El aire en que se crece”, en una parte hablas de los métodos de escritura de Rosario, dices que se levantaba de madrugada y tenía que escribir diez cuartillas ¿Cuál fue entonces tu método de escritura para este libro?

Para mí sí es importante hacer ejercicio, entonces lo que trato de hacer es caminar o algún ejercicio de yoga, y así me siento mucho mejor para empezar. Cuando estoy en mi casa todo el tiempo escribo, durante muchas horas seguidas; doy talleres literarios, es entonces cuando me interrumpo, pero un promedio de cuatro horas diarias sí.

¿Mañana, tarde o noche?

 Sobre todo en la mañana, porque en la noche ya no puedo, ya estoy cansada. Sí soy muy disciplinada y no creo en la inspiración, creo en el trabajo y hay que estar ahí.

Otra cita que me encantó dice: “Rosario defendía la libertad de creación, argumentaba que no escribía para complacer al público, sino para aliviar la angustia que sufría” ¿Tú para qué escribes y por qué escribes?

Yo escribo por el goce estético de la palabra. Es eso, gozo muchísimo cada palabra. No es tanto como Rosario para liberar una angustia, es por un placer. Claro que cuando me encuentro yo misma con escenas de muerte, me angustio, pero para eso no es la literatura, para mí es un placer estético, de compartir mis emociones. Si alguien me dice que le conmovió el libro, que lloró… me encanta [risas].

Describe a Rosario Castellanos en una sola palabra

 Fuerza

 ¿Qué le aprendiste a Rosario Castellanos?

Aprendí mucho de los derechos que tiene el desvalido, como son las mujeres, los indígenas o en cierto momento la gente que está en la guerra, como palestinos y judíos; esta compasión y el entender y ponerse en el lugar de la gente desvalida, yo admiro mucho eso.

¿Qué obra de Rosario Castellanos te hubiera gustado escribir?

 Sus poemas… “Poesía no eres tú”.

¿Cómo ves el panorama de la literatura escrita por mujeres en México y qué autoras nos recomiendas?

Veo que va hacia adelante, porque sí se habla bastante más que antes de las mujeres. Recomendaría mucho a Guadalupe Nettel, a Sandra Frid, Bertha Balestra, Beatriz Rivas, Adriana Abdo, Laura Vit… De las anteriores me encantan Elena Garro, Amparo Dávila, Inés Arredondo y Rosario Castellanos, obviamente. También de las actuales Mónica Lavín, Rosa Beltrán, Carmen Boullosa y Cristina Rivera Garza.

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