El amor en los tiempos del coronavirus

Por Sarahí Soriano*

De todos los fines del mundo que me ha tocado vivir, este es al que le han invertido más presupuesto. Los productores del 2020 superaron a Star Wars. No han escatimado en escenografía ni efectos especiales: en enero se planteó la amenaza de la tercera guerra mundial (en minúsculas porque no ha nacido); en febrero se incendió Australia; en marzo y abril el mundo entero estuvo en cuarentena debido a la pandemia; en mayo llegaron a México las abejas asesinas gigantes; en el primer minuto de junio volvió anonymous, el grupo de hackers más importante del mundo; a mediados del mismo mes nos sorprendió un sismo y algunos suponen que para noviembre mínimo nos invadirán los aliens. Paradójicamente, este fin del mundo no se lo esperaba nadie y todavía en diciembre muchos aseguraban que sería su año. Incluso yo realice mis respectivos rituales: el calzón amarillo para el dinero, encima el rojo para el amor, meterme debajo de la mesa para encontrar un novio, salir corriendo de casa con una maleta como metáfora de los viajes que vendrían y comer las doce uvas para que todo lo anterior se cumpliera. El desastre que se acercaba nadie lo vio venir. Porque recordemos aquel lejano apocalipsis al que tanto marketing se le hizo y cuyos patrocinadores los mayas tan visionarios, le apostaron todo con ese calendario de piedra en donde anotaron sus predicciones. Por ahí andan diciendo que su intención pudo haber sido anotar 2021 y no 2012, lo que explicaría que el mundo se nos esté terminando ahora y no hace casi diez años. De ser así, la solución más obvia para aquel terrible descuido puede hallarse en la mano del maya disléxico al que se le otorgó la tarea de hacer el grabado. Quién sabe si no habremos encontrado nosotros solo un primer borrador del calendario legítimo y el verdadero yazca en otro planeta, desde donde nos contemplen los descendientes de aquella civilización que desapareció de forma tan misteriosa.

Sobre el 2012 se hicieron películas, libros y muchos memes. Y, como no queriendo, en el fondo todos esperaban que les llegase la muerte. Sin embargo, la campaña publicitaria no le hizo justicia a la “Nueva Era” que, se supone, inició a partir de entonces. Algo similar se predijo para los primeros días de octubre en 2017 y, mucho anterior a esa, recuerdo allá por el 2003, la amenaza de un apocalipsis que marcó mi infancia: había cierto predicador evangélico al que apodaban “El Cuadro” y a quien Dios había revelado que Naolinco moriría por fuego. Él y sus allegados se encargaron de esparcir dicho rumor por el pueblo. Vendió sus propiedades, se hizo acompañar de su gente hasta el monte y allí se instaló con ellos en casas de campaña. Convencido de que el fin se acercaba compró ataúdes y bolsas de basura para sepultar a los muertos que dejaría la catástrofe. Días previos a la fecha señalada, algunas personas se refugiaron en los pueblos vecinos en casas de familiares, pues temían que la profecía de aquel loco se cumpliera. Los opositores católicos se dedicaron a repartir volantes e invitaban a los creyentes a no temer los males que supuestamente se avecinaban. Mis padres hicieron su rutina como siempre y el día de la verdad obviamente no sucedió nada, con la excepción de que salimos temprano de la primaria al haberse ausentado tantos estudiantes.

Cuando la gente dice que se va a acabar el mundo, supongo que se refieren a que puede terminarse la vida tal y como la conocemos. Todos los apocalipsis implican cambio, pero nunca lo suficientemente radical como para terminar por completo con todo. De manera que, aunque la muerte sea un elemento directamente relacionado, no es la esencia de este porque el aliento se les termina a diario a miles de personas: el mundo para ellas perece y, sin embargo, aquel adiós no supone precisamente el terror que a muchos ha invadido justo ahora.

Suponemos que la muerte cuando es ajena a catástrofes colectivas es menos terrible pues pensamos que fuera de esos momentos responde a nuestro natural destino. Sin embargo, quienes fallecen en pandemias o guerras dan la impresión de haberse marchado antes de tiempo, como por accidente y de manera injusta. En ocasiones como esta, pareciera que a Dios –o a quien sea que esté encargado de narrar la vida– se le han terminado las ideas para el desenlace de cada persona, así como a ese escritor al que se le confundían tanto los personajes de su novela que decidió rentar un camión Tres Estrellas, subir allí a todos los que le estorbaban, mandarlos a Mexicali y cuando iban llegando a la Rumorosa los desbarrancó y mató hasta al chofer.

No me extrañaría que, en un mundo como el nuestro en el que todo está tan bien preparado, hubiese también que elegir qué papel queremos representar durante la batalla final. Y digo esto porque me parece que, a excepción de los guerreros que atienden a diario su profesión en los hospitales, la mayoría de la población perteneceríamos a la artillería menor. Nuestro rol ha sido pasivo y solo nos queda contentarnos con responder cuestionarios en Facebook, donde de acuerdo a nuestras respuestas se nos asigna un outfit para usar en el apocalipsis o bien nos enteramos de qué tipo de pozole somos. Nunca antes el mundo entero se había sometido a un confinamiento sincronizado. De pronto, casi de un día para otro, las historias de Instagram de todas las personas a las que sigo contenían el hashtag #stayhome y  podían verse encerradas lo mismo en Polonia que en Filipinas, en Japón o en Colombia. Algunos lloraban en euskera y otros más en quechua, pero la toallita de microfibra con que secaban sus lágrimas seguía siendo made in China. Se crearon redes de apoyo mundial y cada quien se recluyó a luchar contra los jinetes de sus apocalipsis personales. Cada cual arrastró consigo sus cadenas.

Nuestras emociones, así como los grandes temas, nos persiguen a donde quiera que huyamos. Pondré por ejemplo Dark porque es la serie más reciente que he visto. Pero quien no tuviera a la mano esta referencia, sin problemas puede cambiarla por cualquier otro programa de televisión, película o libro que se le viniera a la mente como Volver al futuro I, II, o III. Esto, básicamente, porque en todos los casos es aún más increíble que el viaje mismo la resignación con la que algunos personajes aceptan su suerte y, después de algún tiempo, consiguen adaptarse a su nueva vida en ese mundo extraño. Lo mismo podemos decir de aquellos que, por casualidades del destino, se ven de pronto obligados a cambiar radicalmente su normalidad y, en el peor de los casos, a empezar desde cero la construcción de su universo personal. Para ello tenemos a Harry Potter, al Matías Pascal de Pirandello y a Mia Thermópolis, “princesa de Genovia”. Todos ellos nos enseñaron que, a excepción de que alguien tenga nula adaptación al continuo –y, en ocasiones, drástico– cambio de las cosas, siempre es posible retomar nuestras antiguas costumbres. Por eso es que, sin importar si es 1930 o 2055, si el escenario es un castillo encantado o una escuela secundaria, los problemas que parecen aquejar a los personajes son los mismos que nos ocupan a nosotros en cualquier época.

 Yo, como dice Peter Handke, hasta donde puedo recordar, estoy como hecha para el pánico y el susto, a diferencia, por ejemplo, de mi abuela quien todo se lo tomaba a chiste. Ella hacía bromas sobre sí misma y sobre los demás en cualquier circunstancia, de manera que había que recordarle su imprudencia cuando, en medio de un velorio, decía cosas inoportunas. Esta condición la siguió hasta la muerte y falleció de un ataque cardiaco mientras reía con sus hijos en la sobremesa. Como ya dije, además de nosotros mismos, los grandes temas también nos persiguen y nos encuentran allá donde nos escondamos. Como mi prima, que conoció a su novio cuando fue por las tortillas, o mis padres que se conocieron en un autobús, o mis bisabuelos que se encontraron en la Revolución, o como yo, que me enamoré en cuarentena.

Pienso que las diferentes manifestaciones del amor o de la belleza son las que nos mantienen vivos en circunstancias extremas. ¿Será el amor manifestación de la belleza o la belleza manifestación del amor? Cuenta Vera Vladímirovna Sheváldisheva, quien fuera teniente mayor y cirujana durante la Segunda Guerra Mundial, un simpático testimonio:

Muchos años después de la guerra, un hombre me confesó que recordaba mi joven sonrisa. Para mí era un herido cualquiera, ni lo recordaba. Pero él decía que aquella sonrisa le había devuelto a la vida desde el otro mundo, como quien dice… La sonrisa de una mujer.

A mí la belleza y el amor se me manifestaron en las palabras de un desconocido después de un mes de confinamiento. Pero, antes de referir esa historia debo incluir algunos antecedentes que no serán del todo agradables. Sin embargo, como diría Boccaccio en circunstancias similares al inicio del Decamerón:   

No quiero que por ello os asuste seguir leyendo como si entre suspiros y lágrimas debieseis pasar la lectura. Este horroroso comienzo os sea no otra cosa que a los caminantes una montaña áspera y empinada después de la cual se halla escondida una llanura hermosísima y deleitosa que les es más placentera cuanto mayor ha sido la dureza de la subida y la bajada. Y así como el final de la alegría suele ser el dolor, las miserias se terminan con el gozo que las sigue. A este breve disgusto (y digo breve porque se contiene en pocas palabras) seguirá prontamente la dulzura y el placer que os he prometido y que tal vez no sería esperado de tal comienzo si no lo hubiera hecho. Y en verdad si yo hubiera podido decorosamente llevaros por otra parte a donde deseo en lugar de por un sendero tan áspero como es éste, lo habría hecho de buena gana; pero ya que la razón por la que sucedieron las cosas que después se leerán no se podía manifestar sin este recuerdo, como empujado por la necesidad me dispongo a escribirlo:

Yo soy una persona por naturaleza solitaria y llevaba un ritmo aceptable de lecturas y películas vistas en aislamiento, hasta que algo me desequilibró el 8 de abril pasado. Luego de levantarme aquella mañana, sufrí un desmayo que me dejó inconsciente por algunos minutos. Para cuando desperté, mi madre lloraba a mi lado mientras otros de mis familiares se apresuraban para llamar al médico. El diagnóstico fue una posible cardiopatía que debía ser atendida cuanto antes, pero para ser confirmada requería de una serie de estudios que tomarían alrededor de un mes. Recuerdo que todavía el resto de ese día me la viví como en un sueño, pues aquel roce con la muerte me había dejado apenas con las ideas necesarias sobre la mente para mantenerme con vida.

“No podemos tener sentimiento alguno sin tiempo. Nuestros sentimientos requieren tiempo, el cual es tan breve y precipitado en la muerte que ésta ha de ser necesariamente insensible. Son las cercanías lo que debemos temer”. Como si se tratase de una premonición me encontré con esa cita de Montaigne unos días antes de lo ocurrido y, tal y como se plantea, no fue hasta una semana más tarde cuando, escuchando el informe del Doctor Hugo López Gatell, me enteré que aquellos con enfermedades cardíacas tienen mayores riesgos de fallecer en caso de enfermar de COVID-19. Fue entonces, y no el día de los acontecimientos, cuando empezó a dar vueltas en mi cabeza de manera obsesiva la idea de la muerte. 

            A partir de ese momento, dejé de ver las noticias, cerré mis redes sociales, entré en pánico y no me sentía segura más que encerrada en mi habitación. En mi experiencia personal, peores que los episodios de depresión son los de ansiedad, pues son como un empellón de golpe hacia todos tus miedos e inseguridades. Por eso, por mantener la cordura, empecé a realizar todo tipo de actividades que, según los influencers de Instagram, nos pueden ayudar a relajarnos: pintar con música de fondo; hacer yoga, meditaciones guiadas y mascarillas faciales; cocinar carlota de limón… Todo resultaba inútil, pues no podía mantenerme de pie más de dos minutos sin que se me acelerase el corazón y sintiese que me faltaba el aire. Frente a todos los paliativos, la reacción de mi mente seguía siendo la de querer aventarse por el balcón. Y de pronto el suicidarme por miedo a morir parecía factible, al igual que el Ivan Dimítrich de Chejov termina en el manicomio por el miedo que le daba que lo considerasen loco.

Yo no sabía si realmente me encontraba enferma, pero a diario tenía los síntomas de los cardiacos. No me estaban ni la comida ni el agua y, ante la idea de la inminente muerte, comencé a sobrepensarlo todo. Antes, me había sentido preparada para abandonar el mundo en caso de que fuese necesario, pero, cuando se me dijo que probablemente pronto tendría que hacerlo, descubrí que no tenía tan firmes mis convicciones. Creo que muy pocas veces estamos conscientes de cuánto nos alimentamos de las ilusiones del futuro e incluso en los momentos en los que creemos estar en el presente lo que hacemos es disfrutar con la tranquilidad de quien sabe que por lo menos vivirá el resto de ese día. Pero yo no tenía certeza ni del minuto siguiente.

Recibí los resultados de mi primer electrocardiograma y el médico notó ciertas inconsistencias. Me recomendó reposo y me programó para hacer un segundo estudio quince días después. En esas, que ahora recuerdo como las dos semanas más largas de mi vida, escribí muchas cosas tristes, de entre las cuales transcribo una de las entradas de mi diario:

Me fue dado un ramo de hojas secas y dijeron que sería feliz al observarlas deshaciéndose entre mis dedos. Más tarde, estuve deshojando una flor, pero no es tan placentero como las ilusiones vacías que solía regalarme la mujer que ahora yace en el tiempo baldío.

Sabiendo de antemano que no encontraría consuelo en las religiones convencionales, me dispuse a buscar respuestas –por pequeñas que fuesen– entre los sabios que habitan en mi librero y, en una suerte de collage ecléctico, cada uno aportó una pieza para mi álbum. Alfonso Reyes me recomendó el método del “suicidio filosófico”. –¿Y eso cómo es?

–Esperando que le llegue la muerte. Desinterésese un instante, olvídese de su persona, dése por muerto, considérese como cosa transitoria y llamada necesariamente a extinguirse. En cuanto logre usted posesionarse de este estado de ánimo, todas las cosas que le afectan pasarán a la categoría de ilusiones intrascendentes y usted deseará continuar sus experiencias de la vida por una mera curiosidad intelectual, seguro como está de que la liberación lo espera.

Segura como estaba de que tal vez ni siquiera tendría tiempo para desinteresarme, pero consciente de que se me estaba otorgando un buen consejo, disfrutaba de sentarme todos los días a mirar por la ventana, escuchar música y ver a los niños correr mientras perseguían a sus perros o jugaban futbol. Mirar los rosales de la casa de enfrente constituía mi mayor logro diario. Sin embargo, deseaba disfrutar de las cosas que hacía antes, pues no me sentía capaz de mantener la calma más allá de los momentos en los que conseguía dejar mi mente en blanco, de manera que me compré un e-book de budismo para principiantes y desempolvé un libro titulado Preguntas a un maestro Zen con la intención de hallar otros tipos de soluciones a mi malestar.

            La respuesta que me ofrecieron fue similar a la de Reyes, pero con algunos matices que, aunados a mi falta de experiencia, lo empeoraron todo: –Ríndete –dijeron–. Pero rendirse involucra deshacerse del ego y era este el me había mantenido de pie siempre que entraba en alguna crisis. Es difícil mirar dentro de ti y aceptar que todas las pequeñas piezas que te constituyen en conjunto no son nada si se observan por separado. De manera que, cada vez que algún mal pensamiento aceleraba mi ritmo cardiaco, intentaba simplemente observar cómo hacía estragos en mis emociones de forma pasiva: “Mira los fenómenos de tu mente al igual que los fenómenos externos. Y encontrarás, una y otra vez, que tienen tres propiedades características, son impermanentes, son insatisfactorios (dukkha) y ellos no son el ser”. ¿Cómo aquello que me conforma puede ser al mismo tiempo lo que me anula? Mi médico familiar, además de la posibilidad de una patología cardiaca, sugirió que mis problemas de ansiedad habían vuelto.

            Dicen los espiritistas que siempre debilita a los demonios llamarlos por su nombre y el reconocer que la ansiedad se había instalado de nuevo en un rincón de mi habitación después de algunos años fue el primer paso para ayudarla a empacar sus cosas paulatinamente. Se sentaba en mi cama todos los días mientras yo pintaba junto a la ventana y conseguí que me dejara en paz durante esos momentos con la condición de permitirle hojear los libros de mis repisas. Se encontró un bloc de dibujo y me propuso hacer un calendario donde marcaría cada día que consiguiese llevarme bien con ella. No pusimos plazos. Una jornada a la vez. Se hizo amiga del monstruo que habita debajo de mi cama y en ocasiones conspiraban para molestarme juntos. Se pusieron al corriente acerca de las cosas que ella se había perdido sobre mí en los últimos dos años y se enteró de que, además del olvido, ahora también me daba miedo el silencio. Sin embargo, no fue posible convivir en armonía durante demasiado tiempo y, en cierta ocasión, la ansiedad me recomendó descargarme Tinder para platicar con otro tipo de entes, pues también ella se aburrió de mis reflexiones existenciales.

            Charly Brooker, el creador de Black Mirror, señaló que este año no habría una temporada nueva de la serie porque el propio 2020 ya era como un episodio de la misma. Efectivamente, cuando en el futuro me pidan que describa lo que sucedió durante la pandemia comenzaré diciendo que ocurrieron cosas como de sueño. Hay que reconocer que el confinamiento no es el mismo ahora que si hubiese pasado hace 20 años. Al día de hoy, tenemos la suerte de que, aunque el mundo físico nos haya sido vetado, todavía contamos con uno virtual. Por esta razón, muchas plataformas se solidarizaron con la causa y permitieron que, por algunas semanas, los servicios premium que ofrecen estuvieran al alcance de todos aquellos que no quieren o no pueden pagar una suscripción. Tinder no fue la excepción y durante todo el mes de abril la función passport estuvo disponible. El portal que acababa de abrirse permitió que los usuarios pudiesen conocer a personas en cualquier parte del mundo. Solo bastaba con colocar una ubicación. Y yo elegí muchas. De manera que, después de algunos días, me encontraba conversando con personas con las que nunca habría tenido oportunidad de coincidir de no ser por esta situación. Pero de entre las quinientas conversaciones, una de ellas me hizo abandonar en cierto momento todas las demás.

            Svetlana Alexievich cuenta en La guerra no tiene rostro de mujer la historia de Sofía Krígel, una exfrancotiradora de la Segunda Guerra Mundial, quien relata: “Creo que si en la guerra no me hubiera enamorado, no habría sobrevivido. El amor me salvó. Esa fue mi salvación”. Pienso que a mí me ocurrió lo mismo. Los extraños suelen traer mensajes importantes consigo. Alguien que vive del otro lado del Atlántico me dijo que no todas las respuestas estaban en mi interior y que afuera de mí hay un mundo que no tiene que ver conmigo o con lo que me ocurre. Me mostró sus libros favoritos y miró atentamente cuando le mostré los míos. Le expliqué la teoría de la novela de Ángel Rama y él me compartió sus lecturas anarquistas. Miramos videos sobre Ecatepec y otros más de las chabolas de Madrid. Escuchamos las canciones de protesta de Molotov y las de La Polla Records. Conoció las misas negras de Catemaco y yo los rituales gallegos de la comida. Le leí a Rilke y me leyó a Milan Kundera. Le conté que yo también sabía algunas cosas sobre el eterno retorno, pero aquel eterno retorno arcaico, lleno de invención y de magia. Entonces él me mostró en una cita como lo concebía Nietzche:

El mito del eterno retorno viene a decir, per negationem, que una vida que desaparece de una vez para siempre, que no retorna, es como una sombra, carece de peso, está muerta de antemano y, si ha sido horrorosa, bella, elevada, ese horror, esa elevación o esa belleza nada significan.

Cada una de las vertientes de mi nueva vida me llevaba a la misma conclusión a la que habían llegado los maestros budistas, Montaigne y Alfonso Reyes:

Existes bajo el engaño de que has existido en una continua e interminable cadena de ser, de conciencia y de identidad entre el momento en que naciste y la persona que ahora está leyendo estas palabras. A pesar del hecho de que tu cadena de conciencia, tu sentido de yoidad se rompe cada noche cuando te quedas dormido, todavía temes a la muerte porque temes que sea el final de tu sentido de ti mismo, a pesar de que tu sentido de ti mismo muere cada noche.

El más dilatado de mis planes no se extiende más allá de un año. Ahora no pienso sino en acabar. Me despido por última vez de todos los lugares que dejo; y renuncio todos los días a lo que tengo.

Entonces, con gran sorpresa suya, comenzará usted a sentir que la vida le divierte en sí misma, fuera de usted y de sus intereses y exigencias personales. Y como habrá usted hecho, en su interior, tabla rasa, cuanto le acontezca le parecerá ganancia y un bien con el que ya usted no contaba.

De ese modo lo hice y seguí aquellas conversaciones como por juego, convencida de que, si tenía que morir al día siguiente, ningún mal habría de hacerme responder a las llamadas de un extraño al otro lado del mundo. Me sinceré con la misma honestidad de un moribundo a las interrogantes del sacerdote y, pese a que llevábamos menos de un mes de saber de la existencia del otro, tuve muchas ganas de decirle lo mismo que Rulfo a Clara: “espero que me regañes por escribirte quejidos en lugar de hablarte del amor que te tengo, pero es que la forma como me siento tenía que decírsela alguien. Y tú naciste para que yo me confesara contigo”. Supe que, aunque yo nada significase, me bastaba con haber tenido sentido en alguno de los puntos de mi línea de tiempo, esa en la que tuve consciencia de ser. Le dije que me daba miedo que los ciclos no se renovasen y me contestó que menos mal que no lo hiciesen. Por primera vez en semanas, dejó de darme miedo el no existir al segundo siguiente y descubrí que es más fácil no temer a la muerte cuando alguien te arrastra a la vida con una mirada de ternura que cuando intentas comprenderla tú solo y desentrañar su sentido. Propuse que quizá nos habíamos conocido en otra vida, él dijo que de ser así no lo recordaba, pero que deseaba conocerme en esta. Mi interés estaba fundado en una fantasía, el suyo en la realidad. Para cada paso que yo di en el aire, él me mostró su contraparte en la tierra. No me siguió la corriente acerca de mi utopía sobre el amor, pero siguió ahí cada día que desperté. No me dijo lo que quería escuchar cuando estaba ansiosa, pero se quedó detrás de la pantalla por horas. No me hizo ninguna promesa, pero se puso a mirar billetes de avión. Con los días se me olvidó que existía el futuro. Dejé de inventarme historias porque estaba ocupada viviendo en una. Y, aunque el espacio virtual me salvó del exterior, ambos decidimos que cuando el mundo acabe seguiremos vivos para crear uno en el que podamos tocarnos.

Sarahí Soriano.

*Sarahí Soriano, Xalapa (1995). Estudió Lengua y Literatura Hispánicas en la Universidad Veracruzana y actualmente estudia la Maestría en Literatura Mexicana en la misma escuela. Su cuento “Pactos de barrio” fue publicado en la antología del Primer Concurso Nacional de Narrativa Mi Casa Mi Barrio (2019). Ha colaborado en la revista Rojo Siena y en el fanzine del Ágora de la Poesía de León, España. También participó en el fanzine del Tercer Encuentro Fronterizo de Lengua y Literatura (Tijuana 2019).

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