El vals de los monstruos/Reseña

Por Ulises Hernández

 

Comienzo esta reseña con una pregunta retórica: ¿qué hace, al ser humano, ser un monstruo en realidad? Quizá fue esta una de las premisas de la autora queretana Lola Ancira (Querétaro, 1987) para consolidar el proyecto narrativo que es El vals de los monstruos (FETA, 2018), publicado ya hace casi un año. No es, sin embargo, hasta este año que cayó en mis manos, luego de leer una breve reseña por Gatopardo, en donde exponían la figura del monstruo desde las acepciones del término ya comunes, ya clásicas.

El vals de los monstruos maneja una estructura clásica en sus once cuentos, mismos que funcionan como una historia clásica en donde, tripartitamente, encontramos un inicio, un desarrollo y un final o clímax. En estas historias es muy común encontrar una serie de personajes dispuestos a reflexionar sobre su interior, cosa que ya James Joyce hizo en su ciclo cuentístico intitulado Dublineses (1914). Este tratamiento de la reflexión interna fue bautizado bajo el término de “flujo de consciencia”, el cual es un recurso bastante llamativo dentro de los cuentos de Ancira, ya que sus figuras presentan largos monólogos o interiorizaciones del porqué están pasando por esa desgarradora y desafortunada situación.

Los cuentos no resultan complejos para el lector. No obstante, las tramas presentan un complicado enredo de situaciones clave para el entendimiento del relato en sí. Valiéndose de esta técnica narrativa, Lola Ancira busca mimetizar el miedo, el sufrimiento y las violencias que día a día aquejan a nuestro entorno inmediato.

Son 92 páginas llenas de dolor, de crueldad hacia el otro y, además, toca ese lugar recóndito de la memoria y el inconsciente para relatar una vida imaginaria que, sin lugar a duda, pondrá en una incómoda situación al personaje en turno, como pasa con el largo monólogo de “El don del descanso”.

Son dos los cuentos que, seguramente, el lector encontrará escritos con una sutileza que, si bien resultará exquisita, también incomodará a más de uno, me refiero a “Tres lunares” y a “Móno”. El primero, relata la vida sexual de una chica que, a su corta edad, descubre los placeres de la carne, de la autosatisfacción nocturna y a todas horas; además, se sugiere un incesto entre ella y su hermano mayor, en las palabras de la narradora, había un fuerte impulso de pasar las noches bajo las colchas de su hermano mayor, tocando el miembro de este. Una aproximación clara y sencilla sobre cómo la niñez también guarda secretos y deseos ¿reprimidos?, muy a la manera de una excelente Silvina Ocampo.

Móno”, por su parte, da cuenta sobre uno de los temas muy recurridos en las narrativas: el deseo; pero este en su presentación insatisfecha, nunca consumada por el agente deseante. Recuerda mucho a aquel relato de Guadalupe Nettel, “Pétalos”, en donde un voyeur busca y busca por las calles de París a una mujer, busca su estela, su aroma, su muerte. Lo mismo pasa en el cuento de Ancira, nunca se consuma ese deseo y el paratexto que funciona como epígrafe ya nos anuncia, en primera instancia, lo que pasará unas cuantas páginas más adelante: ese deseo contenido que resulta ser un veneno.

Temo caer en el lugar común de que los monstruos son aquellos seres que “muestran” nuestro lado más obsceno, más extraño y, por lo tanto, menos explotado por nuestra personalidad, pero lo que Lola Ancira hace con El vals de los monstruos es realmente aterrador: renovar uno de los mitos bíblicos más representativos, como lo hace en el primer cuento, es ya, de por sí, algo demasiado violento para abrir un libro de cuentos, pero que bajo nuestras miradas voyeristas y nuestras mentes morbosas resulta ser un gran deleite.

Lola Ancira transgrede el orden, el caos, toma al monstruo interior y lo desmenuza, lo destaza para así mostrar un espejo, ese que al cerrar el libro mostrará nuestro segundo Yo, aquel que con paciencia y modestia guardamos para las noches solitarias.

 

Ancira, Lola. El vals de los monstruos. Ciudad de México: Fondo Editorial Tierra Adentro, 2018, 92 pp.

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