El visitante

                                                                                             Por Graciela Noyola

Ese solar alborozado que ahora ves era lúgubre antes de su llegada. Ni un pájaro había en las ramas de los árboles que escoltan la avenida ni la lluvia dejaba su rastro de humedad en las  ventanas de este pálido edificio.

Las mañanas eran solo eso: días que comienzan y que no sabes  a ciencia cierta a dónde se dirigen. El mundo entero no era más que tierra seca para andar con cansados pies de ciudad grande.

Pero un día te levantas y sabes que es la hora, que dejarás todo cuanto has venido haciendo. Cambias de tajo tu persona. Abres la puerta sin excusas y está ahí, apremiante, esperando que seas buen anfitrión.

Ávido de ti, llena por completo tus espacios, bebe tu sangre cual vampiro tierno, tu cuerpo ovoide es para él caverna, mar y cuna. Te hace soñar con rostros y con manos, con cuerpos y con ojos; pronto eres artífice sin proponértelo. Y te ves sonriendo o llorando ríos sin comprender por qué.

Entre tanto, él cobrará forma, anidado en el centro de tu ser, y podrás llamarlo por su nombre: el que quieras, el que has sabido desde siempre, porque sólo has retrasado un encuentro convenido años atrás. Quizá ahora no recuerdes ese pacto. Ten paciencia.

Un día adviertes que las aves no se van de la ciudad aunque ésta las  escupa y compruebas que la tierra seca milagrosamente se renueva. Te asomas a la ventana por rutina y miras asombrada su pequeño cuerpo prodigar luz en el solar antes oscuro. A partir de entonces te gusta la mañana y sabes de qué va el día.

El visitante te traerá la memoria de otro tiempo cuando percibas su frágil respirar entre tus brazos, y sabrás por fin reconocerlo cuando tus ojos se pierdan hechizados en el cristal de sus pupilas niñas.

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