Elpidia García Delgado/Perfil

Elpidia García Delgado (1959, Cd. Jiménez, Chihuahua)

Escritora. Juarense de corazón. Trabajó en la industria maquiladora más de 30 años.

Obtuvo la beca David Alfaro Siqueiros 2012 de cuento, el premio Programa de Publicaciones 2013 del ICHICULT y fue ganadora del concurso Voces al sol 2014, de la UACJ. Ganadora del Premio Bellas Artes de Cuento Amparo Dávila 2018 por El hombre que mató a Dedos Fríos y otros relatos.

Ha publicado cuentos en revistas y antologías como Paso del Río Grande del Norte y Literatura Juarense Contemporánea. Tiene dos libros de cuento publicados: Ellos saben si soy o no soy (Ficticia-Ichicult, 2014), y Polvareda (UACJ, 2015). Un cuento infantil suyo: La rebelión de las muñecas, actualmente en imprenta será publicado por la UACJ. Fue ganadora de la convocatoria Palabras Migrantes 2017, del FORCAN.

Formó parte del Taller permanente de creación ofrecido por la UACJ del 2014 al 2017. Es miembro del Colectivo de escritores Zurdo Mendieta de Ciudad Juárez desde el 2008.

Fragmento de obra

  1. Lecumberri

Aquí entré para hacerme su amigo. A él le decían El Piolet porque con uno de esos mató allá afuera. Tenía buena conducta y pronto saldría después de dieciocho años tras las rejas, pero yo no lo iba a dejar. Gané su confianza, me apunté a sus clases para aprender a leer y escribir, y al taller donde enseñaba carpintería. Una mañana que trabajaba en un mueble lo llamé para preguntarle si lo hacía bien. Se agachó para verlo. Los reos siguieron concentrados en lo suyo. El golpeteo de los clavos hundiéndose en la madera hacía ruidos secos de fondo. No hubo ruido, acaso un plop sordo, cuando lo golpeé en la cabeza, aunque hizo que saliera mucha sangre. Vengar a Trotsky, esa fue mi misión. Desde entonces me dicen El Martillo.

2.-Toral

Caricaturista, ese es mi oficio y mi pasión. Un gran artista, me decían todos; hasta la madre Conchita lo dijo cuando le hice su retrato. Trabajo en plazas, cantinas y restaurantes. Yo creo que no lo hago nada mal porque saco para comer todos los días, bendito Dios. La Star 32 la llevaba porque soy cristero y estamos en guerra contra los enemigos de la religión. Sabía que a Obregón le gustaba comer en La Bombilla, en San Ángel. Fui todos los días a hacer bocetos a los clientes. El 17 de julio llegó con su escolta y algunos políticos. Mientras comían dibujé a un diputado, después, al director de la orquesta. Tocaban El Limoncito. Ya en confianza, me acerqué al presidente. Quería hacerle un retrato y ser famoso, ¡reconocerían mi talento! Lo dibujé de perfil, de frente no podía acercarme. Se lo mostré con orgullo. Puso cara de burla, se carcajeó y lo aventó al suelo. ¡Qué mierda!, dijo. Saqué la pistola y le di seis tiros. Dicen que lo maté para que Cristo reinara. No es verdad, no me importa que los hombres me condenen, fue por el dibujo que me despreció, bendito Dios.

3.-Instrucciones para matar

¿Así que quieres entrarle al negocio? Tas muy chavo. ¿16? Mira, esto es una vida muy perra, difícil, pero tiene sus recompensas. Todos los que vienen conmigo ya lo pensaron, están listos para el jale. Llégale al tequila para que hablemos. Es de los buenos, de los caros. ¿Qué tal?, chingón, ¿eh? ¿Otro? Mira, la cosa está así: tendrás que cargarte a veinte. Los motivos no te importan, el sexo y la edad, tampoco. Cuando acabes, eres libre, mientras, estás bajo contrato con el R32, alias La Marrana, o sea yo, ¿de acuerdo? Con lo que vas a ganar podrás dejar la maquila, comprarte ropa y los tenis que quieras, tragos como éste, y hasta conseguirte a la morra más buena del barrio. 2500 por jale ¿Te laika? Chingón, échate otro trago, ¡pero de un golpe! ¿Cuál es tu alias? OK, Adidas, párate ahí. Voy explicarte cómo usar la Beretta. ¿Eh? Sí, sí, llégale, no pidas permiso. ¿Limón y sal? No mames, güey. Obsérvame. Apunta directo a tu objetivo, bien seguro, cabrón, porque no vas a tener mucho tiempo. Mira, la agarras así, le metes el cargador, amartillas, apuntas, ¿entendiste? Toma, ahora hazlo tú… ¡Hey, cuidado! ¡¡Cuidaaa…!!

4.-El plan

Cada miércoles desde hace tiempo, Celia va a limpiar la casa de Yolanda, una vieja con artrosis de columna que vive con su marido jubilado. Cuando ella llega, Yolanda sale a hacer las compras y atender asuntos. En la casa, el viejo sigue a Celia con mirada famélica en tanto barre, trapea, se agacha para sacar el polvo debajo de los muebles. Mira cómo el pantalón se le baja un poco y deja ver la línea entre las nalgas, o la redondez de los pechos esos prietos, firmes todavía. Le dice alguna bobada para que ella le enseñe su risita tímida de india, tapándose la boca. La última vez que Celia fue a trabajar, los viejos parecían nerviosos. La vieja la miró distinto, bajos los párpados, como quien trama algo. Al salir, hizo algo inusual: cerró la puerta de entrada y la verja con llave. El viejo jubilado salió desnudo de su cuarto en el segundo piso con el falo tieso. Celia hacía la limpieza en la habitación de al lado. Se espantó al verlo, él se abalanzó sobre ella, luchó para quitárselo de encima, corrió. Al final, lo aventó por las escaleras.

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