Entrevista con Alexandra Délano sobre «Brotes»

Fanny Morán platicó con Alexandra Délano sobre su poemario bilingüe «Brotes» (Elefanta Editorial, 2021), quien lo escribió durante los primeros meses del confinamiento por el Covid-19. «El libro surgió de una necesidad de marcar ese momento de alguna manera, de no poder nombrar lo que sucedía, de la complejidad de emociones ante la incertidumbre, los días de encierro marcados por el duelo, el miedo, a la par de momentos llenos de risas y de vida en casa con mis hijos.

¿Cómo surgió la idea de este libro?

Surgió del nudo que sentía en la garganta. Es un libro que empecé a escribir, sin querer, el primer día de la cuarentena en Nueva York. Surgió de una necesidad de marcar ese momento de alguna manera, de no poder nombrar lo que sucedía, de la complejidad de emociones ante la incertidumbre, los días de encierro marcados por el duelo, el miedo, a la par de momentos llenos de risas y de vida en casa con mis hijos. Marzo era justo el momento de transición entre invierno y primavera y eso también marcó mi experiencia y las imágenes del libro. Durante el confinamiento, salía una vez al día a caminar alrededor de mi barrio y en ese silencio, en las calles vacías, esas pausas, no podía dejar de mirar los árboles y sus brotes. Tomaba fotografías y a la vez escribía en una libreta, palabras, frases, que eran ecos de conversaciones, de lo que escuchaba y veía. Poco a poco se reveló un diálogo entre imagen y texto que empecé a acomodar y a pensar como algo que podía compartir con personas cercanas. A partir de esas conversaciones, a lo largo de muchos meses, tomó forma la idea de este poemario.

¿Cómo elegiste el título?

Brotes tiene varios significados para mí: son los árboles en esa primavera que observé tan de cerca en el silencio de la cuarentena y, a la vez, son los contagios, los brotes de COVID. Uno de los poemas del libro dice “what can’t be contained” y creo que eso es Brotes: es la pandemia, es la naturaleza que sigue sus ciclos aunque gran parte de nuestro mundo material se haya detenido, es la intensidad de las emociones que hemos vivido durante el confinamiento, es lo que no se puede contener.

El poema parece, a ratos, una bitácora de la pandemia, ¿por qué elegir la poesía para llevar este registro?

No había otra manera de expresar lo que sentía y lo que estaba viviendo. Escribir fue un impulso, una necesidad de nombrar, de marcar lo tangible y lo intangible, los sonidos y los silencios, el paso de los días, las horas. Escribí estos apuntes, notas, cifras, sin pensar en una estructura específica o un género. Simplemente fue un espacio para decir en voz alta, marcar los días, llorar las pérdidas, reconocer posibilidades. Con el tiempo, esos fragmentos tomaron forma como poemas, con sus ritmos, sus distintas voces, sus puntuaciones. Y la poesía es esa posibilidad de explorar, de jugar con el lenguaje, con el tiempo, con el espacio en la página, sin necesidad de definir, sin necesidad de un punto final.

Siempre he estado muy cerca de la poesía, y aunque lo que he publicado más hasta ahora han sido ensayos y libros académicos, para mí la poesía siempre ha representado un lugar de llegada. La pandemia ha sido un momento que nos obliga a repensar lo esencial en nuestra vida íntima y en nuestra sociedad, a cuestionar estructuras que asumíamos como parte de una normalidad, y a imaginar otras formas de relacionarnos, de cuidarnos, de vivir. Y la poesía es una herramienta esencial para reimaginar, para transformar nuestra idea de nosotros mismos, del mundo.

Hay una serie de enumeraciones de datos, nombres, hechos… ¿Cómo fue dialogar mientras escribías con la avalancha de situaciones que sucedían a la par mundialmente?

En los poemas hay un diálogo constante entre el interior y el exterior, entre lo íntimo y lo colectivo, entre lo personal y lo político. Para mí era inseparable la experiencia de lo que vivía en casa con mis hijos, de lo que sucedía en mi colonia y en mi barrio, Queens, que en un momento fue declarado el epicentro del epicentro de la pandemia. Las sirenas de las ambulancias se convirtieron en un sonido constante, a todas horas. Y cada número que reportaban las noticias locales, nacionales y globales se sentía muy cercano. A diario veíamos las ambulancias en la colonia llevando pacientes. Recibíamos llamadas y mensajes de vecinos, de mis estudiantes, de amigas, de familia reportando casos, muertes. Al poner estos números al lado de momentos de la vida cotidiana, de las iniciales de personas que estaban cerca de mí y que estaban enfermas o murieron, fue una forma de abrazarles, de hacer un duelo.

Hablas de una experiencia colectiva que pudo haberse escrito desde cualquier parte del mundo, ¿desde dónde lo escribiste tú y por qué?

Escribí desde mi casa en Queens, Nueva York, en donde vivo desde hace 15 años, pero en un diálogo constante con México, en especial con la ciudad de México, que es mi ciudad, y es donde vive la mayor parte de mi familia y amigos más cercanos. Y aunque es claro que está escrito desde estos dos lugares que nombro en el libro, y en estos dos idiomas—inglés y español—, parte de lo que hace este momento tan único es que la experiencia del confinamiento es global, que todos tenemos un nuevo vocabulario, desde la prueba de COVID hasta los anticuerpos y las vacunas, los cubrebocas, las cifras de enfermos y de muertos que se han vuelto parte de las noticias diarias. Estos detalles que nombro en los poemas son, probablemente, con los que muchos pueden identificarse sin importar el lugar desde donde escribo. Pero claramente la pandemia no ha afectado a todos de la misma forma. Al contrario, ha desvelado y exacerbado las desigualdades que ya existían. Y de ahí surgen muchas de las preguntas que contiene Brotes: quiénes son los trabajadores esenciales y los no esenciales, quién recibe apoyos del gobierno y quien no, quién puede pagar la renta y quién no, quién tiene que formarse durante horas para recibir una despensa, quién tiene acceso a un seguro médico y quién no. Quién muere.

¿Qué buscas con la escritura en dos idiomas?

Surgió de manera inesperada y natural escribir este registro de los dias en inglés y español. Y al empezar a formar el poemario y acomodar esos apuntes y fragmentos, no sentí la necesidad de traducirlos a un idioma o al otro. Al contrario, ese espacio entre idiomas, entre ciudades, entre mundos, es justamente lo que siento más honesto y más claro porque así es mi diálogo cotidiano, es lo que escucho en el día a día, en mis sueños, en mis conversaciones con mis hijos.  En mi vida entre dos países y en mi trabajo siempre he estado cerca de las fronteras del lenguaje, de las migraciones, de ser de aquí y de allá…y aunque en esos espacios hay tanto dolor, tantas grietas, también es donde hay posibilidades, creatividad, resistencia, transformación.  

Algo que llama mucho mi atención está en el diseño del libro que va mezclando poesía con fotos de árboles. ¿Interviniste o participaste en el diseño?

El poemario empezó con las fotos de los árboles, sin palabras. Al inicio de la pandemia no podía escribir. No tenía palabras. Pero tomaba estas fotografías cada día durante mis caminatas alrededor del barrio. Después empecé a tomar apuntes y poco a poco a descubrir un diálogo entre las imágenes de los árboles y las palabras y frases que iba anotando. Hice varios ejercicios con diferentes formatos para acomodar el texto con las fotos, y a partir de conversaciones con amigas y colegas, con los editores y el diseñador, exploramos varias ideas para lograr que el ritmo del libro y del poema no lo marcaran solo las palabras sino también las fotografías, con sus contrastes y sus silencios. Para lograr la propuesta final, Macushla Robinson (co-editora del libro por parte de interstitial press) y yo imprimimos las fotografías y los textos, movimos el tapete de la sala de mi casa, barrimos el piso y nos sentamos a jugar con todos los materiales. Acomodamos y reacomodamos durante horas, buscando los colores, los ritmos y los espacios en blanco que crean esta conversación entre el texto y las fotografías. Fue muy importante colaborar con dos editores, Macushla y Emiliano Becerril (de Elefanta Editorial), que estuvieran abiertos a experimentar con los dos idiomas y con las imágenes y me permitieran participar en el proceso porque cada detalle del texto y de las fotografías tiene una razón de ser: el orden y el tamaño de las fotos, la estructura del texto, los espacios en blanco.

¿Qué esperas con este material?

Espero que quienes lo lean puedan encontrar en el libro un espacio para respirar, para reflexionar y para nombrar su propia experiencia durante la pandemia. Ojalá que siga generando diálogos y posibilidades para expresar y crear. También pienso en el libro desde una perspectiva de la memoria, como un ejercicio vivo; la memoria como vehículo para transformar el presente. Escribir para mí fue una manera de asir, de registrar y de no olvidar lo que nos reveló la pandemia. Como dice Patricio Guzmán en Nostalgia de la Luz, la memoria como fuerza de gravedad, el recuerdo que sacude siempre.

¿Qué ha significado para ti escribir este libro?

En un momento de tanta distancia, tanta ausencia, tantas pérdidas, escribir fue crear un espacio para el duelo. Compartirlo me ha dado la posibilidad de comunicarme profundamente con quienes lo han leído hasta ahora, más allá de los límites de la distancia y la tecnología. También ha sido una puerta  hacia nuevas conversaciones, a explorar otros espacios a través de colaboraciones con cineastas, artistas, escritores, editores y músicos que han resultado una manera de acompañarnos y un aprendizaje inmenso.  

Sabemos que de tu libro deriva una película llamada “Fragmentos”, cuéntanos un poco sobre esta experiencia.

Fragmentos es un cortometraje que surgió cuando empecé a compartir el borrador de lo que después sería Brotes. Una de las primeras personas a quienes le mostré el texto fue Daniela Alatorre, directora y productora de cine, con quien tengo una larga historia de vida y con quien también he colaborado antes en proyectos relacionados con arte y activismo. Ella me había contado que tenía ganas de sacar la cámara, de buscar una salida para expresar lo que vivía durante el confinamiento en México. Y después de leer el texto y platicarlo empezamos a considerar la posibilidad de hacer algo juntas. Fue un proceso muy abierto y experimental, muy libre, hecho en casa, con el apoyo de amigos y colegas. Fue un espacio al que podíamos regresar constantemente para hablar de lo que vivíamos o estar en silencio, llorar y reír mientras revisábamos cada decisión y cada segundo del cortometraje minuciosamente. Siempre me han atraído los espacios en donde se cruzan las disciplinas y los géneros, y ver traducido lo que escribí a un lenguaje cinematográfico también marcó mi manera de escribir y mi sensibilidad sobre lo que seguía construyendo en el libro. En los últimos meses el cortometraje se ha presentado en varios festivales y otros foros, en donde continúa esa conversación y se enriquece constantemente. Ahora que ya se publicó el libro, me emociona la posibilidad de que ese diálogo se amplíe aún más.

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