Ese movido 1994/Columna

Por Teresa Muñoz

Históricamente, en nuestro país, sucedieron bastante cosas significativas en 1994. La importancia que tiene para mí ese año se reduce a dos: nació mi pequeñísimo Dylan y conocí la obra de Sabina Berman (Ciudad de México, 1955). Lo primero no necesita explicación, lo segundo es el tema de este texto. Vivía en Xalapa y Abraham Oceransky convocó a una audición para elegir a los actores que trabajarían con él en la puesta en escena de La maravillosa historia de Chiquito Pingüica, de cómo supo de su gran destino y de cómo comprobó su grandeza (Premio Nacional de Teatro para niños del INBA,1983), producida por la SEP y para llevarla de gira por el estado (en 1995). Quedé en el elenco y entré a un periodo de entrenamiento, puesto que la obra implicaba bailar y cantar, además de actuar.

No conocía mucho de la autora, creo haberla visto un par de veces en el espacio de Abraham. En ese entonces mi vida pasaba por temas tan difíciles como el de tener que dejar a mis hijos pequeños para trabajar en lo que fuera. Se dio la oportunidad de hacerlo en teatro, en donde tenía experiencia, y lo hice. Dividida por el placer de estar en el escenario, la culpa de dejar a los bebés con desconocidos y la necesidad por el dinero, tengo recuerdos brumosos de esa época.

Cuando estudié teatro en Torreón, leímos sobre todo a los autores clásicos, era muy raro leer a algún autor vivo, sobre todo por lo que ya he comentado antes: lo difícil de conseguir su material. Así que fui la más ignorante respecto a la autora mientras montábamos su obra. Había escuchado por ahí de Muerte Súbita, y de Entre Villa y una mujer desnuda. Esta última, sabía que se había filmado y que la película tenía gran éxito en el público general, no era lo que se conocía como una “película culta”, sino un filme que atraía a la gente, lo que para mi es el verdadero éxito. Entonces comenzaron los comentarios, negativos, porque en este país nadie perdona el éxito, y menos si se es mujer.

Así que, buscando su obra aquí y allá me doy cuenta que Sabina Berman es no solo dramaturga y directora teatral, sino que ha escrito cuento y poesía (y ganado premios por ello), novela, crónica, es periodista, guionista, conductora y un sinfín de actividades con las que ha consolidado un lugar en las letras y el pensamiento mexicano.

La mayor parte de su dramaturgia trasciende el escenario. Se vuelca en lo cotidiano que es más cinematográfico. Más cercano a la realidad de la gente. Ya no es meramente un asunto teatral para teatreros, el llamado “teatro de arte”. Su obra es desenfadada, crítica, juguetona. Sus historias son preocupaciones contemporáneas, para un público que se estaba olvidando, para un tipo de gente que también existe en este país tan lleno de contrastes, clases sociales y formas de pensar.

Es en la década de los noventa, cuando Berman se consolida como escritora, directora y productora. Una década que para mí pasó nublada, sin darme cuenta cabal de la realidad que tenía a la mano, una década en la que mi principal preocupación era la supervivencia. Es ahora cuando reevalúo todos los movimientos, la transformación de ideas que tuvimos en esa década y me doy cuenta de lo importante que es voltear fuera de casa.

El pensamiento de Sabina, liberador, cosmopolita, da fuerza al ser humano que se estaba gestando en ese entonces en México, un ser más allá del clásico sufrimiento y aguante, del campo a la ciudad, sí con tradición, pero también con un enfoque más a participar del presente mundial.

Sabina es líder de opinión, a través de sus obras, en su periodismo. Habla de las historias ocultas del poder, de la relación del arte con la política, del discurso de género, de la dominación sexual, del machismo como figura nacional, del problema de la escritura, de la creación que se reinventa en cada lectura. Ella es una dramaturga que logra combinar el éxito teatral con el activismo mediático, de la misma manera que antes logró compaginar la creación dramática con el espectáculo. Como pocos, logra instalarse en la escena política y cultural de manera intachable, esquivando los comentarios de la envidia y el rencor artístico.

No me voy a entretener enumerando cada una de sus obras, de los montajes de estas en el país y el extranjero, de sus premios, de sus actividades; mejor quiero invitarlos, con este texto, a que busquen su obra, lean sus artículos, disfruten sus puestas en escena. Sabrán la razón de mi admiración por esta mujer cuya película Backyard, (la cual escribió y coprodujo) representó a México en los premios Óscar en 2010.

Una autora que me dio, a través de un texto tan poético como exótico, la satisfacción de trabajar en mi primer obra de teatro infantil sin princesas encantadas y sí con mucho de esos valores como la preservación del medio ambiente, la lealtad en la amistad y un código moral que permitiera a los niños saber que los sueños pueden hacerse realidad, sin magia de hadas, pero sí con mucho enfoque en lo que se quiere realizar.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *