Flores de un paraíso perdido/Reseña

Por:  Elpidia García

El problema de los migrantes es un tema de urgencia nacional. Pero cuando el tema se aborda, sobre todo acá en el norte de nuestro país, generalmente pensamos en la miríada de vicisitudes de nuestros paisanos que se internan en los Estados Unidos ilegalmente. En cómo pueden morir al atravesar el desierto, o en los tráileres sellados donde los polleros los abandonan de aquel lado del Bravo. La realidad es que sus avatares comienzan varios miles de kilómetros atrás: en la frontera sur de nuestro país. Donde quizá el maltrato y los riesgos a los que se exponen son aún mayores que en territorio norteamericano. Por ejemplo, cuando montan en el Tren de la Muerte, conocido también como La Bestia, o el Tren de los Desconocidos. Se trata de un tren de mercancías que parte de la ciudad de Arriaga, Chiapas, en la frontera con Guatemala. Los migrantes que se abalanzan sobre ese tren donde se juegan la vida son, en su mayor parte, centroamericanos, pero también connacionales que esperan llegar a la frontera norte. Entre ellos, mujeres con niños a cuestas o tomados de la mano quienes buscan a los grupos de hombres jóvenes que, formando cadenas humanas, se pasan de mano en mano a los bebés hasta que llegan al techo, donde los amarran con cuerdas y los tapan con plásticos. Los privilegiados, los que habían pagado los servicios del coyote más caro para cruzar a Estados Unidos, logran refugiarse en el interior de un vagón vacío. Desde Arriaga, el tren se dirige a Estación Lechería, en la Cd. de México. Desde ese punto, los migrantes abordarían hasta 10 a 15 trenes y recorrerían una distancia de hasta 4,000 kilómetros para llegar a las ciudades fronterizas de Tijuana, Cd. Juárez, Nuevo Laredo o Reynosa. En su viaje, los acechan los maras o los zetas. Entre los peligros que enfrentan están el robo, secuestro, la extorsión, intimidación y amenazas, corrupción, destrucción y pérdida de documentos, mutilación, detención sin asesoría legal y agresión sexual. El 60% de las mujeres son violadas, el 80% son robados según datos del INM.

Es en este contexto que transcurren los veintidós relatos de Flores de un paraíso perdido, de Salud Ochoa. Un libro de relatos que puede leerse como una novela, pues las historias individuales se entretejen para conformar una sola historia en la que confluyen las tragedias, esperanzas, voluntades, amistad y solidaridad en el infortunio, de un grupo de mujeres. El escenario principal es precisamente ese tren al que suben con un montón de sueños en el corazón, una inyección anti-México en el cuerpo, es decir una inyección anticonceptiva de tres meses, en caso de violación y por los inconvenientes de la menstruación durante el viaje. También llevan un buen puñado de analgésicos y pastillas anticonceptivas porque han escuchado de lo que les pasa a las mujeres en el trayecto. Violeta, la muchacha de El Salvador que anhelaba llegar a Colorado y para ser fotógrafa de paisajes en Montañas en el paisaje lo cuenta. “…antes de subirse al tren se puso la inyección anti-México que le habían recomendado para evitar un embarazo en caso de que algo así le sucediera, pero nunca imaginó que las cosa llegarían a ese punto”. “…terminó tomándose todas las que restaban de la cartera que llevaba escondida bajo la ropa”.

Sus protagonistas: Amelia, Sandina, Catalina, Violeta, Lorey, Rafaela, Anastasia, Charlotte, María, Raimunda, Pilar, Rosario, entre otras, se repiten en los relatos para revelar al lector cada vez más información que le permitirá conocer sus motivaciones para subir en el lomo de la Bestia, los anhelos que persiguen al llegar a los Estados Unidos, y los obstáculos que cada una encara y que deben vencer para lograrlo. El hecho de que los personajes sean femeninos, no nos sorprende. Si son capaces de arriesgar la vida en el Tren de la muerte, es que lo dejan atrás es también una muerte en vida. Las razones que las mujeres de Salud Ochoa tienen en Flores de un paraíso perdido para lanzarse a esa odisea del infierno son la miseria, la prostitución, persecución, la venganza, e incluso, realizar un reportaje.  Miseria y prostitución que encontramos en el relato de la niña Catalina en Me llamaba Cathy, cuya madre, cuando no encuentra manera de sobrevivir con un bebé enfermo de la venta de los vestidos que tejía en el mercado, no tiene más remedio que dejar a su hija en el burdel de menores de edad Las Huacas, en Tapachula, y prostituirse ella también. Persecución a muerte que sufre Charlotte, una bella adolescente pelirroja, de ojos claros y piel blanca, hija de una activista francesa subyugada por el misterio del Subcomandante Marcos, y asesinada por denunciar abusos a indígenas, migrantes y niños. Varias de las historias nos cuentan de Charlotte, perseguida por sus enemigos para matarla. Este personaje me pareció fantástico, una especie de hada que va saltando de relato en relato, y de vagón en vagón, como un colibrí lo hace de flor en flor, atesorando un secreto escondido en una mariposa de plata. Encontramos el motivo de la revancha que impulsa a Amelia, la joven colombiana enviciada y prostituida desde los quince años por su amante, en Tres orquídeas, empecinada en llegar a Florida para cobrarle todo lo que le debe. Pero otro motivo importante es reunirse con la familia: Si todas las historias de cualquier migrante son de por sí desgarradoras, las de los menores solos, como la de la tragedia de la niña Noelia, en La leyenda del cañar, enviada por su abuela a encontrarse con sus padres indocumentados en Nueva York, que pasa treinta y tres días en manos de un pollero a otro y que al llegar a Ciudad Juárez se quita la vida, nos termina de partir el corazón porque remite a una espantosa realidad que no desconocemos: la de los riesgos que corren los niños que viajan solos. Señalo un dato: tan solo entre octubre de 2013 y septiembre de 2014, 90,000 menores no acompañados fueron detenidos en Estados Unidos. La mayoría, centroamericanos.

Por las 22 historias de Flores de un paraíso perdido transita el dolor, la angustia y la tragedia, y el tren que aterroriza en los momentos en que suben al vuelo o bajan de éste. En El que se duerme se queda, Sally logra elevar la tensión cuando Charlotte no puede tomar el mismo vagón que Catalina y sube a otro con gran dificultad. Describe a la gente montada encima de la bestia. Cerca de quinientas personas: “La vibración se convirtió de pronto en un rugido, los rieles empezaron a moverse indecisos soportando el peso de “La Bestia”. El latido de los corazones se aceleró cuando miraron de frente al monstruo de acero que se enfilaba hacia ellas expulsando volutas de humo negro donde se dibujaban los fantasmas de los caídos antes y después de las garras del gigante. Todos los ojos miraban sin mirar intentando evitar cualquier contacto visual. No reconocía a nadie entre aquellos cuerpos que parecían estatuas creadas a la desconfianza”. La Bestia no solo causa miedo físico, sino un temor sobrenatural que espeluzna como cuando en el cuento Lágrimas gitanas, la salvadoreña Rosario, mutilada de ambas piernas por el tren cuando se soltó de la escalerilla,  escuchó una voz en susurro mientras caía: “bajo el tren vive el demonio”, o cuando Amelia quiere lavarse y quitarse “aquel olor extraño que las perseguía” y dice: “Es el hedor del diablo”. Ella misma, en un albergue para los mutilados del tren le pide a Anastasia “habla con las mujeres, con todas las que sea posible,  diles que no arriesguen su vida en vano, por sueños que a veces no tienen la más remota posibilidad de hacerse realidad. Si yo he podido seguir viviendo así como estoy, en esta silla, mutilada de las piernas y del alma, nada podrá detener a quien vive completa”. Consejo que nos recuerda al Guardagujas, el famoso cuento de Juan José Arreola, en el que un viejecillo guardavías advierte al forastero que quiere tomar el tren, de la imposibilidad de llegar a ningún destino y de los peligros de perder la vida en él.

En la Bestia, no hay capillas ardientes ni vagones cementerio, como en el relato del Guardagujas, pero sí muchos muertos. Por ejemplo, los que se quedan dormidos y caen a las vías sin que nadie pueda hacer nada por ellos. En el relato El que se duerme se queda, Charlotte se repite a sí misma “El que se duerme se queda, el que se duerme se queda” aún antes de subir al tren pues sabe que de ello depende seguir viva. En las narraciones de Flores de un paraíso perdido, no solo el riesgo de caer del tren al quedarse dormido interrumpe las intenciones de las mujeres. En ocasiones, no mueren al caer, pero quedan mutiladas, equivocan la ruta, son detenidas por los cárteles, o tienen que bajar para huir de quienes las atacan o persiguen.

El viaje de estas mujeres estoicas, endurecidas, es un pasaje en línea recta al infierno cuyo destino es el “último horror”: la frontera. Tal cual la describe Pilar, en el albergue para migrantes en el relato titulado El último horror. Sabemos que no es así. Cruzar la frontera del norte significa quizá el comienzo de uno nuevo. Sin embargo, y a pesar de la Bestia, Salud Ochoa nos ha permitido albergar esperanza a lo largo de la lectura: por una parte, Anastasia, la periodista que se atrevió a montar en el lomo para buscar un reportaje que le diera notoriedad en el periodismo, y que aparece en varios de los cuentos, escribe sus experiencias para darlas a conocer a quien las pueda valorar. Su vida ha cambiado y sus ambiciones también. Por la otra, el secreto que guarda la niña pelirroja Charlotte en su colgante de plata en forma de mariposa, quizá tenga un impacto en las condiciones en las que viven los indígenas y los niños en San Cristóbal de las Casas. Por último, están los sueños realizados de las que, aunque heridas y enfermas llegan a la frontera para continuar persiguiendo su sueños.

Esta colección de relatos escrita con gran eficacia y lenguaje sencillo, no carece de belleza en su estilo. Hay que recordar que Sally ya tiene en su haber cinco libros publicados, lo cual es notorio en su prosa pulida. Encontré a lo largo de la lectura, imágenes elaboradas, reflexiones profundas y descripciones cuya elocuencia acentúa o enfatiza la narración o la personalidad de los personajes. Quiero decir que, no obstante lo tortuoso de los eventos narrados, la lectura es delectable de principio a fin, así como sutil en los pasajes duros o violentos. Cito un pasaje de La leyenda del Cañar a modo de ejemplo: “Noelia tomó la cortina de plástico para construirse un collar. Con movimientos ágiles de tejedora la convirtió en un torsal, lo colocó en su cuello dejando que el descolorido rosa de las flores le abrazaran primero la delgada base de la columna vertebral y luego, como las manos de una hiedra, se extendieran hacia la parte anterior donde la tráquea lanzaba resoplidos nerviosos. Se equilibró sobre la cubeta que yacía al revés sobre el piso. Tensó el extremo opuesto de la cortina lo más que pudo y se dispuso a iniciar el ritual que había imaginado tantas veces durante las últimas semanas que casi lo sabía de memoria”. Sutileza también que se advierte en el título del libro y en la intención de incluir flores en cada relato. En sus nombres, en el vagón del tren, en su lecho de muerte, en la horca del suicidio. Quizá un detalle de delicadeza y homenaje conmovedor de la autora, al contar las historias de estas mujeres maltratadas una y otra vez. Flores que nos recuerdan la belleza de la juventud e inocencia de los personajes.

Las mujeres de Flores de un paraíso perdido sienten el terror, se abrazan y nos abrazan, para atenuar el miedo que sentimos también nosotras, que estamos allí como espectadoras, cuando suben a La Bestia y nos quedamos con ellas encerradas, sintiendo por una fracción de segundo lo que debieron sentir las niñas y mujeres cuando llegaban sus agresores. Ellas nos llevan no solo por el camino de la memoria para que sintamos y conozcamos lo que sucedió en el viaje en el que esperaban alcanzar un sueño, sino que nos interpelan y nos acercan a nuestra propia humanidad, a nuestros propios dolores y a los suyos, nos llevan a sentir por momentos el dolor de las otras, de todas aquellas que sufren la violencia, que la vamos sintiendo en nuestra piel, bien adentro. De Flores del paraíso se desprenden metáforas, proyecciones de imágenes que son símbolos. Veo al Tren de la Muerte como el símbolo fálico y oscuro que se contonea, que traspasa a las mujeres de los relatos, que viola sus existencias al igual que lo hacen los miembros viriles de sus agresores con sus cuerpos.  Gracias a Salud Ochoa por este libro necesario, por su literatura que nos permite imaginar formas de contrarrestar la indiferencia, de ser solidarias con todas ellas que en su viaje hacia “el último horror” se multiplica su victimización. Leámoslo y convirtámonos en guardagujas, plantémonos delante de las vías para detener este tren físico o metafórico de la injusticia contra los migrantes.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *