Hallazgos

Hallazgos

Los tesoros de la FENALEM

Perla Santos

Hay cierta resistencia para comenzar a narrar un final. Es, creo, el deseo de continuar a pesar del cansancio extremo. Iniciamos esta aventura casi inmediatamente después de cerrar la primera FENALEM. Nueve meses más tarde, estamos de nuevo frente a la cámara de la computadora con una copa en la mano y con la sonrisa plena brotando desde el interior.

Que me perdonen las autoras que dieron vida al cuarto día y que no voy a nombrar hoy. Sus nombres, claro, están ya en los registros de esta historia que todas construimos. Sus rostros quedan, igual que sus voces, en el tejido de versos y narraciones que dieron forma al cuarto y último día de la feria. Lo que quiero es, en realidad, reconocer los frutos del encuentro, nombrar lo que en colectivo, aún sin perseguirlo del todo, se construyó en el día del cierre.

La poesía nos envolvió desde el primer momento. El cuerpo y sus deseos, el cuerpo y sus carencias, el cuerpo y su historia, el cuerpo… ¿Cómo está tu cuerpo en el instante mismo que lees esto? ¿Qué dice tu cuerpo después de escuchar las voces de otras que pusieron en letras eso que una no había podido decir? ¿Estás sonriendo? ¿Se escapó un suspiro? Para eso es la palabra escrita, para eso estos encuentros, para eso la FENALEM.

¿Qué hay de lo que no se ve a través de las cámaras? Pues las pasiones que se mueven detrás de la pantalla no son tan distintas. “Siempre se siente el nervio”, afirman las más experimentadas; “no me lo creo”, dicen algunas otras, pero ahí están, libro y corazón en mano, con sonrisa y humor, con disposición y alegría. Las lecturas fluyen y una mesa le sigue a la otra, y una tiembla cuando alguna participante tarda en conectarse o cuando revisa los chats que se llenaron a una velocidad más alta que la capacidad de ponerse al corriente. Y, sin embargo, la magia ocurre porque ahí está Nay, siempre enlazando las transmisiones y atendiendo a trece mujeres que la saturan de indicaciones y cambios de último momento. Y está Diana moviendo el Instagram y la magia ocurre entonces porque ahí estamos también las trece, aunque a veces son doce o cinco, pero estamos, siempre estamos.  

Lo que pasa es que lo que sale a la luz es la existencia clara, firme, sólida de una comunidad de escritoras que ya no va a quedarse callada. El “aquí estoy” se exhibe en las palabras de cada autora que recibe con gratitud este encuentro. Porque sí, lo primero que pasa es que nosotras nos encontramos, nos volteamos a ver, nos reconocemos, nos leemos. Es por eso que las ferias son fiestas, se llena una de sorpresas gratas. Particularmente, esta feria, que mucho ha hablado de horizontalidad, se regocija de los descubrimientos que entre pares nos hacemos. Más allá de los nombres, y por nombres quiero decir trayectorias y reconocimientos, más allá de todo eso, estamos las que queremos compartir un espacio con otras que también tienen algo qué decir. Esto, aparentemente simple, es en realidad el acto revolucionario. Lo es porque pone de manifiesto el reclamo de tener una voz propia tan valiosa una como la otra, porque implica soltar el terrible camino de la adulación y trato especial que espera “el artista” por su genialidad. La confrontación con los egos es un camino muy espinoso (“Aquél que esté libre de pecado…”).

Así que, cómo no celebrar que están aquí las que han querido estar. No estamos todas las que somos, pero seguimos trabajando porque sí, esta bola de nieve ya no se detiene. Nos espera un trabajo todavía mayor porque aspiramos a un próximo evento híbrido. El estado de Guanajuato será sede presencial de la siguiente FENALEM, y para llegar allá, el trabajo comienza desde ya.

Cerramos esta Segunda Feria Nacional del Libro de Escritoras Mexicanas con el cuerpo exhausto, pero con el corazón hinchado de alegría. Los grandes hallazgos no sólo son los libros sino las mujeres detrás de las plumas. Encontramos aliadas, amigas y cómplices, encontramos muchas manos que se suman a las nuestras, encontramos historias, encontramos memorias, encontramos vidas.  

Nos vemos el siguiente año en la próxima feria, pero nos veremos permanentemente porque estaremos aquí, con las voces constantes y sonantes haciendo ruido. Es lo que pasa cuando una reconoce el sonido de su voz, cuando reconoce las otras voces y se arma un mosaico de tonalidades perfectamente armónicas en la variación. Aquí estamos. Cerramos esta feria, pero ya no nos vamos. La FENALEM llegó para quedarse.

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