Iliana Rodríguez/Entrevista

Por Carmen Ros*

Lo de Iliana Rodríguez es la poesía. Eso es lo suyo. Si no lo único, es casi lo más importante, porque lo más-más importante “es la vida”, aclara. ¿Cómo transcurre un día común de Iliana?

“Hoy llegué a las 8:30 de la mañana, di clases de Gramática y creación, luego atendí tesistas”. Este día, Iliana no tuvo tiempo de desayunar bien, así que pasó a comprarse un sándwich de pavo y panela más un capuchino, en Starbucks. “Me lo comí en el carro”, comenta como queriendo decir: ¡caray, las prisas! Otros días, —cuenta—, desayuna en El Quijote, un pequeño restorán que está frente al plantel de la colonia del Valle de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, institución en la cual trabaja como profesora-investigadora. “Siempre ando corriendo, siento que no tengo tiempo para todo lo que quisiera”. ¿Y cómo que desearías?”, pregunto y responde:

“Leer más, escribir más, quisiera concentrarme en un proyecto; por el trabajo siento que me disperso entre lecturas, tesis, presentaciones de libros, y  todo es importante, y todo me gusta”, afirma con la sonrisa de la contradicción: estar cercada por los placeres que agobian.

La trayectoria de esta poeta es una línea recta en materia literaria: sus estudios de licenciatura son de Letras Hispánicas; la maestría es de Literatura Mexicana y el doctorado también se trata de Letras. Y me acomete una pregunta que yo le disparo a Iliana: ¿Qué movilizas para hacer tu trabajo? Ella, como respuesta, echa hacia atrás el torso —digamos que se trata de una pregunta infrecuente ¿o impertinente?—, luego ríe nerviosa, mira hacia la calle. La veo pensar. Aprovecho el impasse para ir al baño, antes de ponerme de pie, le encargo a Iliana que anote cuanto se le ocurra, que lo capture en la servilleta con su puño y letra, no sea que diera con algún hallazgo y lo olvidara.

Regreso rumbo a la mesa. Alcanzo ver a Iliana haciendo notas. Qué bien que la dejé sola, pienso. Deseo leer lo que ha escrito y le pido la servilleta. Está llena de dibujos de florecitas. No me tomó en serio, juzgo. Me mira y dice toda certidumbre: “Movilizo la investigación. Mi libro Lapidario tuvo un proceso de investigación, pero su resultado no fue un artículo y ahora se practica un tipo de literatura que proviene de la investigación. Lapidario está hecho como diccionario, con entradas por orden alfabético, algunas de ellas son citas de fuentes bibliográficas auténticas, y otras son apócrifas”.

El método para realizar la investigación que devendría en Lapidario fue azaroso: Iliana iba tropezándose con noticias y descubriendo fuentes bibliográficas. Así fue como supo del primer ser humano a quien se le hizo una transfusión sanguínea, “fue en el siglo XVII o el XVIII”. Esa historia la combinó con otra que daba cuenta de un hombre que murió de combustión espontánea, fenómeno que consiste, según las fuentes, “en que alguien se incendia a sí mismo, mientras está durmiendo y no hay agentes externos que provoquen el fuego. Me pareció interesante para un poema”.

Trataré de describir y presentar una prueba del método de Iliana Rodríguez en su Lapidario:

Una de las entradas que está asignada para la letra <<r>>,  consonante con la que inicia la voz <<rubí>>, dice lo siguiente:

[…] los griegos creían que el RUBÍ no se quemaba, por eso lo llamaron apiroto. Con ese nombre lo consagraron a Apolo. También se le denominó piropo o piedra ardiente, ya que parece un CARBÓN ENCENDIDO […].

Después de la cita anterior, en la página de al lado aparece un poema:

Poética de Apiroto

Toujours un feu d’Amour mes entrailles enflamme

Jean Auvray

AUNQUE EL LEGISLADOR del Parnaso lo ignoró.

Antoine Mouray fue un poeta.

Creía que, consagrado a Apolo,

su corazón no podría incendiarse.

Quería legarlo a su mujer, Perrine,

En desagravio de todas sus golpizas.

Era el año 1673 y un escalofrío

de ratas recorría los callejones.

Cerró la ventana,

pero el rumor del Sena seguía

fluyendo en sombras.

Enfermo de la enfermedad de amores,

ardió la noche entera.

Encontraron sus cenizas,

pero su lecho de paja fue hallado intacto.

Un gran rubí rutilaba entre despojos.

En los salones murmuraron que el ebrio tenía la costumbre

de incendiar las casas.

Recordaron

que una noche el conde Montmor

lo encontró desnudo en las calles de París

y, por caridad, lo llevó con un médico de Luis XIV.

Afirmaron

que la copa de sangre animal

que Jean Baptiste Denis le trasfundió entonces

Había agravado su locura.

Sentenciaron

que había hurtado el rubí

quizás al conde.

Otros opinaron, generosos,

que su muerte se debió a una combustión espontánea.

Perrine no quiso llorar y vendió la gema.

Nunca se probó el supuesto hurto.

 

Miren ustedes lo que hace una investigación, por azarosa que sea, detrás de una propuesta de composición poética como la que presenta nuestra autora. Para alcanzar una meta semejante, además de investigar, Iliana moviliza emociones, dice que su temperamento melancólico la conduce a la producción de poesía, porque, vivimos en un mundo de caos y “los seres humanos se sienten solos en la ciudad, en una multitud se puede estar triste y sin poder compartirlo”.

Para Iliana, la inteligencia es un factor que también ha de movilizar en la creación de poesía, ya “para encontrar el tema”, ya “para organizar la escritura. Gorostiza decía que la poesía es una investigación de esencias. Para Jorge Cuesta era muy importante la inteligencia. Aquí incluyo el lenguaje”.

Y para la docencia y el desplazamiento en las aulas, ¿qué moviliza esta maestra que lo es desde hace muchos años? “Hay que leer, planeo, elaboro material didáctico, diseño ejercicios. Energía y alegría, si no, no sirve. Hay que tener pulso, gusto, imaginación, eso se transmite”.

Preparar clases, impartirlas, investigar y “aparte hay que hacer las cosas de la vida cotidiana: ver a mi mamá, visitarla, ella es muy independiente, mucho. Voy a verla porque la quiero. Platicamos de todo, tiene su cuenta de Facebook y comentamos lo que ve ahí. Es muy activa, se entera de muchas cosas, es autosuficiente en gran medida, va por su medicina, por su mandado al súper, lee mucho”.

Y claro, Iliana también atiende asuntos domésticos: “arreglo mi casa, bueno más o menos, porque tengo robots que me ayudan: la lavadora lava cada semana, la aspiradora hace lo suyo y tengo un robot trapeador”. Iliana asegura que ella hace todo lo demás menos cocinar, ni le gusta ni dispensa tiempo para ello, así que encarga comida ya preparada. De planchar, ni hablar de eso: “no compro ropa que deba ser planchada, eso quita mucho tiempo, además es muy cansado”.

¿Y cuál sería el momento recreativo de la jornada? El momento de ver series. “La televisión está desprestigiada, es más prestigioso leer, pero hay buenas series que implican un trabajo enorme. Hay series malísimas. Los Soprano me gustó mucho”.

Sí, preparación de clases, diseño de ejercicios para sus cursos, supervisar robots que realizan quehaceres domésticos y ver televisión, pero lo primero —casi— es lo primero: la poesía, de ahí que la trayectoria poética de Iliana no empezó cuando se especializó, durante sus estudios de doctorado, en Sor María de la Antigua que “Se trata de  una monja de finales del Siglo XVI que escribía poesía mística. Yo quería estudiar una autora poco conocida. Escribió un diario que le pidió su confesor y ahí estaban incluidos los poemas. Siempre me gustó estudiar la poesía”.

El caminar de Iliana hacia las letras y los versos inició cuando era niña, cuando se encerraba, en la habitación de sus padres, para leer, “ahí tenían un librerito con una colección de Salvat. Ahí leí a Bécquer”, autor que llegó a sabérselo de memoria, porque “sentía lo máximo en el furor de la pre-adolescencia”. En ese entonces ya trazaba poemas y había escrito “una dizque novela de ciencia ficción”, dice y detiene el flujo de la entrevista para hacer una digresión: “¿habrá sido culpa de mi hermano que yo haya escrito esa novela?, él leía a Isaac Asimov y me contaba. Mi novela era como un mundo con extraterrestres, no eran humanoides, sino gotas de mercurio”.  Antes de  aprender a escribir, Iliana niña había dictado un cuento —“sobre un conejo”— a su papá y secretario. La pequeña pintó el cuento con lápices de colores, “creo que mi mamá todavía lo tiene”.

La primera publicación de Iliana estuvo a cargo Vuelta, la revista que Octavio Paz dirigió. El padre de Iliana era lector de la revista. Ella también se asomaba a esas páginas. Gabriel Zaid tenía una sección que se llamaba La Vida Ⱥleve, “así, con la letra <<A>> tachada con una línea diagonal”. Zaid, en su columna, pidió a amigos escritores que escribieran un texto que tuviera 200 letras, que hablara de las 200 letras. “Se me ocurrió hacer un palíndromo sobre 200 letras y lo publicó, ése fue el premio. Yo tenía 12 años. Mi papá me tomó una fotografía: yo, de jumper amarillo y blusa blanca de rayitas amarillas, el pelo corto sin fleco, aretes, con la revista en las manos, mostrándola a la cámara”. Iliana dice que no sabe si a sus padres les gustaban sus poemas, “o si me daban por mi lado. Lo importante es que yo les creía y eso fue bueno, porque fortaleció mi vocación”

Cuando esta poeta frisaba los 17 años, entró al taller de poesía de Óscar Wong a quien juzga muy buen maestro. En ese periodo ella era una estudiante de preparatoria y, obviamente, escribía sobre el amor y los desconsuelos de la decepción. Sin embargo, se podría decir que, respecto al enamoramiento, el corazón de Iliana sabía de embullos ya antes de la adolescencia: “Yo me enamoraba desde la primaria”. Sí, pero los bullicios y desengaños amorosos no eran temas exclusivos, ella también componía sobre otros reinos como los de la naturaleza, la contemplación, el de los árboles.

Iliana se reconoce como una persona reservada y discreta, que sí sabe hacer aspavientos, siempre y cuando sean  “por escrito, aprovecho lo que pasa para hacer poesía, en ella se puede expresar las impresiones del momento, sensaciones, es como tomar fotografías de ideas, sentimientos y momentos para que no se escapen”.

Y ¿a  qué hora termina el día de Iliana? Como a muchísimos habitantes de este planeta, le gusta dormir bien, de lo contrario, al día siguiente no responde de su mal humor ni de su disfuncionalidad. Duerme temprano, “a las once o doce” (calculen cuál sería su  horario si se tratara de dormir tarde). Su fantasía: empezar el período de sueño a las nueve de la noche, pero por culpa de esos placeres que la agobian, pone la cabeza sobre la almohada alrededor de la medianoche.

Rodríguez, Iliana, Claroscuro, México, Ed. Mixcóatl, 1995 (Colección Poesía, 5). Efigie de fuego, Instituto Mexiquense de Cultura, 2003 (Piedra de Fundación). Lapidario, Ed. Fósforo-Secretaría de Educación Pública-Consejo Nacional para la Cultura y las Artes-Instituto Nacional de Bellas Artes, 2013 (Poesía). Embosque, Universidad Autónoma de la Ciudad de México, 2013. Traza, Darklight, 2017

*Escritora. Autora de la novela “Y entonces me enamoré de ti” (Selector)

 

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