Julieta Quiñonez/Perfil

Nació en Tijuana, México en junio de 1976, se dice que volvió a nacer en enero de 1984, después de sobrevivir a un terrible accidente que la postró en cama nueve meses.

Motivo por el cual, festeja doble su cumpleaños, los eneros y los junios y se resta siete años cuando le preguntan su edad.

Tuvo la fortuna de nacer muy pobre. Estudió administración de empresas, se gana la vida como corredor de seguros y con sus números mantiene sus letras.

En el 2012, publica su primer libro, con la recopilación de los escritos y poemas que reposaron veinte años en cajones de muchas casas, y lo titula “El juego de la vida”, en el mismo año participa por el Premio nacional de poesía, con su poemario “Se vende amor”. En el 2015 publica su segundo libro “Confesiones de mujeres de moral relajada” y amenaza con más.

Finalmente se reconoce como escritora, se confiesa parte de esa rara especie en peligro de extinción, de los que escriben para redimirse; y también para rebelarse, para olvidar todo y perderse en nada; porque es la única forma de encontrase.

Sobre su libro “Confesiones de mujeres de moral relajada”

Este es un libro irreverente, se burla de la hipocresía y celebra el amor, como sea que se dé. Pretende redefinir a “la mujer de moral relajada”, no hacer un eufemismo; sino escuchar sus confesiones, apartar la connotación despectiva, en donde se le acerca más a una mujer de la vida galante, que a una mujer inteligente, actuando como lo hace un hombre, solo que cargando con el pesado estigma social sobre la espalda.

Este libro no cambia vidas, ni endereza jorobados, pero al menos lo va a entretener y les garantiza que va a crecer su talla interna, con todas estas confesiones de secretos de amor, sexo, infidelidades, resbalones y relaciones fuera de lo moralmente permitido.

El lector comprenderá que todos los conocimientos son de fácil aplicación y podrá ponerlos en práctica el mismo día, si lo considera necesario, bajo su propio riesgo.

Al finalizar este libro, entenderá, que para ser arrebatado, no hay edad, inteligencia, ni rango social, menos moral, simplemente amor o, con menos suerte, sólo ganas y calentura, eso sí, siempre la calentura como común denominador.

El amor será el motor que nos impulsará a realizar cualquier acto que debemos callar, esos que nos regalan placer absoluto, y a los que nos volvemos adictos por ser lo más parecido a la felicidad y los rememoramos incontables veces para un goce vitalicio, esas experiencias que se desbordan en un secreto y sólo caben en una confesión.

Fragmento

Segunda Confesión

  Envejeciendo

“Una mujer que a los veinte años no haya tenido otro motivo para ser amada que su belleza, será detestada a los cuarenta”.

Arturo Graf, 1848

Soy de una época en la que cuando decías: “vieja estirada” eran dos adjetivos; hoy se usan como una frase compuesta, va implícito, si eres “vieja” seguro te has hecho una estirada cosmética.

Hay días en  los  cuales  me  siento  totalmente  agotada,  el  cuerpo no da para más, han pasado los años, y las arrugas sigilosas, pacientes y muy perseverantes, una a  una  van  haciendo  su  estelar  aparición.  No les importa a cuanta crema o inyección les someta, testarudas siguen brotando como maderos en el agua; lo peor es que lo hacen al azar, sin orden. Siempre he sido tan perfeccionista con mi arreglo y belleza; trato de controlarlo, y me resulta desesperante no poder intuir siquiera dónde se plantará la nueva y dolorosa cicatriz del paso del tiempo, y lo peor, en el estandarte principal de mi ego, mi rostro.

Usé toda mi juventud el cabello hasta los hombros, y un buen día decidí dejarlo crecer a la altura de mis pezones, hasta que la gente me empezó a decir: “Mujer, qué largo traes tu pelo”; así me di cuenta de que mis pezones caían más rápido de lo que crecía mi cabello y fue una carrera perdida del crecimiento contra la gravidez. Terminé con el cabello a la cintura, ¡bonita chingadera!

Y es justamente ahí, en ese preciso momento de tu vida en el cual te detienes y te miras en el espejo, cuando caes en cuenta que han pasado los años; sí, a ti, no sólo a los niños o a los autos. No, a ti también te han pasado, ¡qué va!, bueno fuera que sólo te pasaran, pero se te han quedado todos.

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