La memoria donde ardía/Reseña

Mirar de frente a la muerte y a la desesperanza: La memoria donde ardía, de Socorro Venegas 

Ulises Hernández 

Los libros de cuentos encierran universos paralelos que nos desafían a encontrarnos entre ellos, en su interior y en sus tramas. La sorpresa, la sonrisa y el desconcierto son parte de la experiencia de leer este género literario, el más querido y la vez desplazado por nosotros los lectores y lectoras. Sin embargo, la desesperanza asalta en cada página del libro que ocupa el presente texto. Me refiero a La memoria donde ardía (Páginas de Espuma, 2019), de la consolidada escritora y promotora cultural Socorro Venegas (San Luis Potosí, 1972).  

Socorro Venegas se ha propuesto una larga carrera literaria desde La noche será negra y blanca (Era, 2009), en donde su estilo y prosa marcan un momento especialmente poético para las letras mexicanas escritas por mujeres. Es decir, la prosa poética se deja ver en los diecinueve cuentos que integran el libro: “palpitaban estrellas en esos ojos oscuros”; “pequeñas crestas de ola encendidas por un sol que muere”. En ocasiones, esta colección de cuentos sirve como un dispositivo de terapia para el malestar que generan las pérdidas, las ausencias, las maternidades rechazadas, la niñez sórdida, los cuerpos de la enfermedad y de la guerra: la mutilación de la memoria. 

La lectora o el lector especializado se podrá jactar de analizar este libro de cuentos como una colección de cuentos integrados; es decir, que se trata de un ciclo cuentístico (narradores y espacios similares, así como la repetición de temas), pues su reiterada sucesión de temas es clara: la pérdida y la desesperanza; además de las delicadas líneas que la autora traza sobre la concepción de la maternidad desde un cuerpo femenino retraído de sus quehaceres como ente que ha de procrear y mantener en vilo a la humanidad. Los cuentos, entonces, mantienen una conversación entre páginas literalmente para, de esta forma, crear un universo propio a manera de una totalidad que da fondo y sustancia a estas narraciones. 

A manera del juego de la serpiente que se come la cola, Venegas, no sabemos si es premeditado esto, abre el libro con “Pertenencias”, en donde una mujer relata cómo es que una pérdida (la viudez, otro tema recurrente) puede parecer insoportable hasta en los objetos, las cosas, aquellas que también guardan un pedazo de memoria; luego, en el último cuento, uno que también es desgarrador, intitulado “La música de mi esfera”, otra mujer narra el deceso de su pareja a través de sus discos de vinilo, un hombre melómano. La música sirve como un pasaje oscuro lleno de recuerdos y de venas que supuran memoria, como una habitación a oscuras con la puerta entreabierta.  

Los cuerpos enfermos y mutilados también tienen cabida en La memoria donde ardía. “Los aposentos del aire” y “Anagnórisis”, respectivamente, dan cuenta de que estos cuerpos son concebidos, desde una escritura del dolor, como cuerpos que también son posibles de narrar, de externar dolor y pena. En el primero, un niño narra sus encuentros metafóricos con su amiguita Lucía, ambos están enfermos, nunca se dice de qué, pero se intuye un cáncer. Este cuento es uno de los más fuertes narrativamente hablando, pero también en cuanto a emoción se refiere. Luego, en “Anagnórisis”, se narra desde una película sobre los niños de la guerra, en donde los infantes se convierten en cuerpos mutilados por las explosiones y las minas. El sufrimiento ya no es latente, sino exponencial.  

Estas vidas lloradas integran el miedo, la pérdida y la desesperación en el universo que propone Socorro Venegas en La memoria donde ardía, dando cuenta de su potente escritura y forma para plasmar lo que la condición humana, aquella que tanto pensó y debatió Hannah Arendt, nos hace sufrir, pero también encontrar el punto de equilibrio en medio de la fatalidad. 

Un espejo, una sonrisa en medio de la oscuridad. 

Venegas, Socorro. La memoria donde ardía. Ciudad de México: Páginas de Espuma, 2019, 106 pp. 

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