La venta/Cuento

Por Rocío García Rey

Cuando ella era niña, el padre tuvo que salir a vender los aguacates. “La mala venta nos va a amolar la mercancía. Me voy a vender a la carretera”. La niña observó a los padres colocar los  aguacates en un cucurucho. “A ver si no se maduran más”, dijo la madre. La hija no vio salir al padre, pero le tranquilizaba saber que no iba en bicicleta; no quería que volviera a caerse en la carretera, como cuando iba a la fábrica.

En la tarde llegó el papá. “Pude vender todo”. Ella sabía que los papás estarían, entonces, menos preocupados; sin embargo, la cara de él no era de tranquilidad. La niña oyó que algo cuchicheaban. Pensó que quizá el papá había decidido salir todos los días a vender a esa carretera polvorienta que a ella le daba tanto miedo “porque hay borrachos y el papá se puede pelear”.

La cara del padre, también esa tarde, era de derrota. Una derrota que ella, a sus siete años bien sabía descifrar. La voz tensa. Pasaba saliva con dificultad, además no tomó cerveza para premiar su trabajo.

El pasaje quedó en el féretro de los recuerdos, que llegado el momento no se rebelan ante su exhumación. Ella, la hija, también había decidido salir a vender. No había carretera, pero el camino era sinuoso porque la vergüenza y la inseguridad la habitaban toda. Sabía que la gente sospecharía de la calidad del producto. “La mala venta nos va amolar la mercancía”, retumbó en su memoria, en su cuerpo.

Ella también, con dificultad, pasó saliva para impostar su voz con la gama de la seguridad. Se acercó a cada mesa de la lujosa cafetería. Sabía que la veían como a una intrusa. Algunos, como al papá antes de que hablara, le dijeron: “No, gracias”. “Si el producto vale, porque vienes a venderlo aquí”, esperaba que alguno le espetara. Ella explicaba, como el padre, que lo ofrecido era de buena calidad, pero que no podía competir con las grandes tiendas. “Tal vez los convenciste porque hablaste como si dieras clase”, le dijo su hermana. Probablemente, el padre convencía a los compradores porque hablaba fuerte y claro, como en las asambleas.

Ella, dentro de la cafetería, quiso virar cuando los vio; era la pareja que en un congreso la había mirado de arriba abajo y había reído mientras alguno dijo ¿Entonces, en qué tianguis dices que compraste tu pantalón? La saludaron fingiendo ser sus amigos. ¿Qué libro vendes? Le preguntaron. “Yo lo escribí”, fue la respuesta lacónica. No supo si esta vez también la veían de arriba abajo. No lo supo porque la turbación y la vergüenza la obnubilaron. Le compraron dos ejemplares.

II

El día que tu papá vendió los aguacates, llegó, y lo primero que me dijo fue: “Entré al restaurante de la carretera, estaba el ingeniero y su esposa. Sentí vergüenza, vieja. Ellos fueron quienes me llamaron y me compraron dos cucuruchos”. Después tu papá tuvo que aguantarse la pena y a veces, cuando las manzanas tampoco se vendían, iba a ofrecerlas a la central camionera.

Ella, por fin, armó aquel pasaje de la historia del padre, de la madre, de las hermanas, de la familia. El recuerdo del padre, el libro que ella tenía en la mano, las imágenes de las grandes librerías exhibiendo los libros famosos, la hizo dudar de seguir escribiendo.

El recuerdo seguía ahí. Veía claramente al padre cargando los huacales y las cajas con la fruta. La duda por la escritura se disipó, y se convenció que también ella seguiría vendiendo sus libros en lugares insólitos, siempre acompañada del recuerdo del padre.

Un comentario sobre “La venta/Cuento

  • el 11/08/2018 a las 8:02 am
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    Rocío en un cuento pequeño dices tanto…imagine el camino, senti el polvo , me sacudió la angustia del padre y la hija. Felicidades por ser quien eres, una poeta y escritora maravillosa.

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