Palabras entrelazadas/ Diario del Covid III

Publicamos la tercera parte de «Palabras entrelazadas» un diario escrito por siete escritoras mexicanas para plasmar la cuarentena causada por el Coronavirus. Se trata de Daniela BecerraMaru FalomirSandra García Bringas, Rebeca OrozcoRaquel StolarskiMarina Talanquer Laura Vit.

«Miro por la ventana.  Una tregua del agobiante entorno. Hace ya cincuenta y seis días que estoy aquí. El calor de marzo, el de abril y la lluvia de mayo han reverdecido los árboles de la barranca. ¿Qué más presenciaré desde aquí?»

1 de mayo

Laura

Al final de uno de esos viajes de verano en Nueva York, a punto de subir al vehículo que nos llevaría al aeropuerto, volteé a uno y otro lado de la calle, la Quinta Avenida a unos cuantos pasos, y como un fogonazo, pasó por mi mente una idea: «esto no puede durar mucho”. Quizá fue el hartazgo del exceso de la ciudad, el calor, o simplemente  mi cansancio lo que me llevó a pensar aquello. Años después, cuando las Torres Gemelas se vinieron abajo, recordé aquel momento de singular lucidez y me pregunté si ese era el desenlace entrevisto aquel día. Ahora las fotografías muestran caravanas de camiones del ejército llevando féretros de cartón a una isla alejada de la ciudad. Los presos, que pagan ahí una condena, han cavado una inmensa fosa común en medio de la nieve. Agradezco a mi siempre enfebrecida imaginación no haberme dejado ver este momento.

2 de mayo

Laura

Me enfrento a otra fotografía del horror: una habitación repleta de ataúdes de cartón donde yacen neoyorkinos de todos los barrios, los colores y géneros. ¿Me habré cruzado alguna vez con alguno de ellos al bajar del metro? ¿Cómo será la Gran Manzana después de este virus? ¿Cómo sus habitantes? ¿Cómo la vida? ¿Cómo yo, si sobrevivo? ¿Es éste el fin presentido?

Sandra

Rumiaba las preguntas sin encontrar respuestas. Una pregunta abría otra y otra.

En ese bullicio que había en mi cabeza, recordaba personajes de novela, como aquel protagonista que está esperando la llegada de alguien. Yo también parecía estar sola, aunque tenía una voz en la cabeza que preparaba todo para un encuentro. ¿Alguien vendría? Una parte de mí, se mantenía atenta para reconocer los pasos en la escalera.

5 de mayo

Marina

De vez en vez, se instalaba entre las historias el silencio. Un silencio calmo y paciente.

Daniela

Vengo de ese silencio, en una tregua entre cocina y cuarto de lavado. Mi hija universitaria me pidió ver fotos de papel y los recuerdos inundaron la casa, la risas de los niños, las fiestas de colores, las velas de los pasteles, los inflables, los disfraces de piratas y princesas, los tutús de bailarinas; los que están y los que se han ido, los que quedan, los que fuimos. El jardín vuelve a llenarse de amigos para festejar mis cuarenta, bailamos, brincamos, gritamos, rescato el gozo y evado las tristezas, los llantos callados, el hueco en el estómago, las borracheras continuas. Hay ausencias que alivian.

Laura

Los domingos, casi sin excepción, llama nuestro hijo que vive en el extranjero y yo, empiezo preguntando por la salud de su familia, incluyendo a la coneja y a los perros. Macho y hembra: Mamut, por aquellos bizcochos que el amo devoraba de niño, y Frida, por razones obvias. Le pregunté si creía que los perros percibían algo, si su comportamiento había variado: “al principio estaban felices de tener todo el día quien les rascara la panza, pero fuera de eso…”  recapacitó un instante para agregar que ya con las niñas en sus camas, ellos se preguntan qué harán al terminar la cuarentena, Frida se acerca y ve con atención a uno y a otro y se mantiene a su lado hasta que se levantan. No infiero con esto que Frida entienda lo que dicen, solo que el miedo de ellos, quizá su olor, debe despertarle algún instinto acaso protector. ¿Qué perciben las mascotas de esta situación? ¿También tendrán miedo? Quisiera creer que no.

Laura: Miro por la ventana.  Una tregua del agobiante entorno. Hace ya cincuenta y seis días que estoy aquí. El calor de marzo, el de abril y la lluvia de mayo han reverdecido los árboles de la barranca. ¿Qué más presenciaré desde aquí?

Rebeca

Un par de volcanes cubiertos de blanca sabiduría. Siempre altivos y serenos.

Raquel

No hay horizonte desde mi ventana. Un muro pétreo, curvo e interminable es lo que alcanzo a mirar. Está vestido de hiedra manchada de florecillas naranja pálido y luce una corona de bugambilias. La calle desierta, a veces se torna en foro musical.  Una tambora venida de alguna sierra del sur dejó sus bríos al pie de los edificios.  Otro día, no importa cuál, llegó la marimba. “Maderas que cantan con voz de mujer…”. Tengo todo el tiempo para suspirar.

De noche suele llover.  Cuco, mi gato, se apoltrona en su mirador, buscando la humedad. Arrullado por la cadencia del agua al deslizarse por los vidrios, cierra los ojos. Ojos rasgados de un azul diáfano, como el que ilumina las grietas de los glaciares de Alaska.

Maru

Cada atardecer surgen pinceladas distintas. Nunca es el mismo cielo ni las mismas nubes. Los colores se intensifican, se funden y después se disgregan con lentitud para dar paso a la oscuridad. Como la vida, como la muerte, como un amor fugaz. Los miro cada tarde desde el jardín donde el bebé y yo cantamos, olvidados del ajetreo de la casa y la excesiva quietud de la ciudad.  Afuera, algunos vecinos deambulan con media cara tapada y el corazón desnudo. Solo el miedo pasea a sus anchas con gesto burlón. Por la noche, el cielo estrellado envuelve el silencio que interrumpe el ladrido de los perros y los gritos sordos de la incertidumbre.

6 de mayo

Raquel

Hablan de prepararse para salir a trabajar en breve, pues “ya se mira la luz al final del túnel”. Hago cuentas y no entiendo. Si “la curva ya se aplanó”, ¿cuál es el propósito de seguir acondicionando hospitales por doquier? La certeza de que “vamos conforme a lo programado”, me deja perpleja. Afirman haber salvado a muchos, mientras se incrementa la producción de largas y herméticas bolsas de plástico negro. ¿Serán heladas? Publican números incomprensibles de esto y de lo otro: de los casos comprobados, los sospechosos, de aquellos cuerpos que nadie reclama y los que mueren durante el sueño o de pura tristeza; unos que nada sienten, otros que dejan su estela sobre muchos más. ¿Serán cientos, miles y hasta millones?  Dicen que “el virus está domado”.

No olvido el peso del silencio cómplice en aquella película “Muerte en Venecia”.

Una pesadilla me despertó. Había fallecido cuatro veces.

Raquel

Se me espantó el sueño.  Debe ser porque estoy espantada.  El inconsciente es una especie de caldo en donde se mezclan los miedos con las sensaciones, imágenes y recuerdos que afloran retorcidos durante el sueño.

Intentaré aquietar la mente. Haré una sopa de cebada perla que me recuerde a mi abuela, aunque no pueda conseguir parte de los ingredientes. Un rompecabezas en lugar de un rompevidas.

Daniela

Despierto con el canto desbordado de los pájaros. Mi perro sigue dormido, lo miro acurrucado. Mientras tanto nuestra perra duerme en la cama de mi hija. A veces llora bajito, entre sueños. Cuando la adoptamos había sido atropellada. Me pregunto por su historia ¿pasaba las noches en una esquina?, ¿pediría comida en un puesto callejero?

Mi novio me manda fotos de la casa que construyó y disfrutó por años, años en los que mi vida transitaba llena de niños, perros, miedos, gozos, angustias, festivales escolares; fiestas en casa que oscilaban entre la euforia y la angustia, contando las copas de mi exmarido. Y mientras tanto él, mi novio, vivía otra vida, con otras mujeres, otros amigos, otros paisajes; otros conciertos de aves en sus amaneceres. Hoy transitamos juntos estos tiempos sin certeza, sin planes, sin viajes, donde los muertos se acumulan cada día.

Daniela

Al inicio del confinamiento echaba mucho de menos la vida anterior. A veces creo que no volveré a sentarme en la terraza de un restaurante, que no volveré a abrazar, a viajar. Pienso en los lugares que amo, en San Miguel de Allende con las calles vacías.

Extraño recorrer la colonia Roma con mi novio. Extraño la casa llena de amigos de mi hijo. Extraño mis reuniones de lectura. Extraño la posibilidad de vernos. Extraño comer en las hermosas mesas de mi madre. Extraño a mi mamá.

Y sin embargo, soy afortunada y estoy agradecida.

 Mis días transcurren entre los ciclos de las lavadoras y los ciclos de la vida.

Los ritmos de la aspiradora se confunden con los susurros de los viajes cancelados y de los proyectos diferidos.

Mis hijos, perros y yo sostenemos una rutina alrededor de la cocina. La lavavajillas como música de fondo.

Entablo otras conversaciones.

Cuento rosas, miro cielos, escucho pájaros e invito a la conversación a las ardillas y lagartijas.

7 de mayo

Laura

Comienza  mayo y el día avanza oscuro, frío y ventoso. Inusual en esta temporada. Miro por la ventana la avenida, hasta hace pocos días teñida de jacarandas. Veo pasar una patrulla de cuyo altavoz sale el sonido repetitivo de la única frase que la distancia no distorsiona: quédate en casa, quédate en casa. El vehículo se aleja solitario, quédate en casa… quédate.

Laura

¿Por qué tanta tristeza? ¿Por qué lloro con un comercial? Con una canción. Por recordar aquella vida que no volverá a ser igual. Quién responderá a la pregunta de Joaquín Sabina, ahora mía: ¿quién me ha robado el mes de abril?

8 de mayo

Laura

Palabras. Las palabras siempre me han fascinado. Su significado, su  sonoridad, la delicadeza de algunas. Las palabras inventadas por mis hijos cuando pequeños: “ípoque”, para periódico; o “chinchoso”, para el color anaranjado. En unas cuantas semanas hemos agregado a nuestro léxico una serie de palabras ajenas o poco comunes a nuestra habla anterior: infodemia, comorbilidad, el acmé de la curva, remdesivir. ¡Covid-19, la más temida! ¿Será que en unos años, al recordarlas, evoquemos uno de los momentos más siniestros de nuestra vida? ¿O habrán pasado a nuestro quehacer cotidiano?

Raquel

Nos miraremos en el espejo antes de salir del resguardo, para estar seguras de que el cubrebocas esté en su lugar, derechito y con las arrugas apropiadas. Será un acto reflejo, idéntico al de recoger la bolsa antes de abrir la puerta. 

Laura

Una amiga muy querida, escritora mexicana, me describe lo que ve desde la ventana del hotel australiano. Ahí pasa la cuarentena obligatoria antes de internarse por el país en el que vive desde hace años. Me describe con tal viveza y detalle los colores del arcoíris doble que brilla sobre un cielo oscuro que, cuando vuelva a ver a mis nietas les contaré, con las mismas palabras utilizadas por mi amiga, que he visto cómo son los arcoíris en la lejana Australia.

Rebeca

 ¿Cómo serán esos arcoíris? ¿Estarán de cabeza? ¿Tendrán otros colores?  ¿Tendrán la olla de oro puesta al revés?

Maru

He perdido la cuenta de los días y las semanas. Siento como si hubiera pasado un año. Un alud de noticias me ha cimbrado: las curvas que crecen y las que disminuyen, el virus incontenible, el número de contagiados y el de fallecidos; la tragedia de los que mueren solos y los aplausos a los que se salvan. Otras historias han sido sorpresivas y adorables: los animales recuperando espacios, la claridad de las aguas, la transparencia de los cielos.

La necesidad  de estar todos incluidos. Algunas seguirán doliendo siempre: los mayores abandonados, las personas con discapacidad, invisibles; los niños violentados, el personal médico contagiado y el agredido por el miedo y la ignorancia.

Y entonces me detengo, y me inunda un sentimiento de gratitud, inmenso como el arcoíris australiano. Porque estoy con mi pareja, con mi familia y tengo un jardín que me calma y nietos amorosos; y amigas indispensables, y comadres escritoras porque hemos bautizado nuestras obras, y por las horas de meditación virtual en las que comparto el silencio.

Y, a veces, ya en la oscuridad del sueño, llega la culpa a buscar camorra y me empuja más allá de mis linduras y mi vida cómoda y me lleva de la mano a mirar a los otros, a esos de los que hablan las noticias y de los que no hablan, para que deje de cruzar los brazos.

Daniela

Acá pasan también los días, unos idénticos a otros, mis rutinas apenas se mueven. El mundo exterior como amenaza; el mundo interior como salvavidas ¿cuándo lo hubiera pensado? Antes corría fuera, lejos, más lejos. Lejos de casa. Lejos de amenazas. Hoy encuentro en cada día idéntico la quietud anhelada. Feliz y afortunada con mi pareja, hijos y adorados perros. Las lagartijas de las mañanas soleadas, los colibríes de los agapandos, las ardillas en los setos. Las rosas, las jacarandas, mis escritoras. La vida que florece. El trabajo doméstico me deja agotada. Barro mientras escucho alguna entrevista literaria que me acompaña. Mis amigas también me acompañan. Me protegen del horror que se filtra en la inquietud de los sueños.

Raquel

Los sueños… un desahogo del pobre inconsciente, convertido en basurero de la pandemia.

Cualquier dolor me aterroriza. Siguen descubriendo síntomas inusitados del Covid, como la pérdida del olfato y la proliferación de pequeños coágulos. Experimento cefaleas consecutivas, hoy y desde hace varios días. Es tortícolis, me repito, ¡sin duda que lo es y no aquello en que estás pensando! Se debe a las horas frente a la computadora, además del día entero leyendo con la cabeza gacha. Insisto en actuar como si nada, en sonreír mientras me ocupo llenando los vacíos del tiempo del encierro. Pero la tensión crece. Silenciosa se me encarama por los músculos, los atenaza, y la culpa me corroe al imaginar a un juez acusador dictando sentencia: ya lo tienes dentro de ti, mujer infecta. ¿Por qué tuve que escapar al súper hace días? ¿Me habré contagiado? ¿Sería por el zarpazo de un virus prendido a una lata de mariscos en aceite de oliva? ¿Ocurrió durante el instante de cercanía a una joven deportista que hurgaba las charolas del pan? No, no. Me la pasé distraída gozando el colorido de las verduras; intentaba adivinar el aroma de los quesos empaquetados y también me entretuve con la abundancia de carnes frías despachadas a granel. Extrañaba tanto pasearme entre los objetos de mi cotidianidad. Sin embargo, de regreso a casa, al abrir la puerta de nuestro refugio, pude haber introducido al demonio, para esparcirlo, tomada de la mano del ángel de la muerte. 

Amanecí con la garganta irritada. Había llorado de arrepentimiento.

12 de mayo

Marina

Las palabras callan. Quizá cada una está atenta a su propio silencio.

13 de mayo

Maru

O tal vez está sumergida en ese tiempo contrahecho que se alarga como si hubiera pasado un año y se diluye como si al día le hubieran quitado la mitad de las horas.

Sandra

 Pensaba que aquel silencio no era genuino, era una ausencia de palabras que se extendía como un manto de agua, como tierra húmeda y confusa.

La cabeza llena de ruido y las manos habitadas: el jabón, las sábanas, el cuchillo sobre la tabla, la verdura, el salero, la escoba, la basura.

Manos incansables para mantener la mente a raya. Para acallar el grito de todas las voces, cuyas palabras ya no podían distinguirse.

Para enfrentar ese murmullo que parecía más bien un manto de agua. Un lago bajo la luna llena. Un cuerpo líquido cuya profundidad se ignora. Un espejo del cielo. Un manantial.

15 de mayo

Marina

Está tan triste el corazón; tan tristes los ojos que miran. Tristes las manos vacías. Tristes los abrazos no dados, las palabras calladas. Está triste hasta la melancolía.

Maru

Mayo llegó callado después de los ventarrones. El jardín ha florecido. Hasta la orquídea que traje de casa de mi madre, hace tres años, presume cinco flores blancas, elegantes como ella.  Elegante para amar a sus hijos, elegante para esconder sus desilusiones, elegante cuando leía un libro tras otro arropada por el sol de la terraza. Elegante para vivir su muerte en mayo, después de oler un rosario de rosas.

Laura

A poco de habernos encerrado, interrumpieron mis quehaceres varios gritos desgarradores a través de un altavoz. Aaaghh, aaaagh, como dicen las tiras cómicas que se grita. Las barrancas son engañosas. Distorsionan los sonidos y uno cree que salen de un lugar y provienen de otro. El grito, puntual, se repite día tras día. También se acompaña de feroces tamborazos de batería. Al poco tiempo alargó hasta media tarde. Ni la lluvia detiene a quien vocifera. Debe ser extranjero porque suelta parrafadas en inglés. Ahora, cuando el concierto se retrasa, asomo la cabeza por la ventana en busca del incógnito cantante que acompaña mis angustias.

Semblanzas de las autoras

Daniela Becerra Desde niña se refugia en las palabras leídas o escritas, los cielos y la imaginación. Ha publicado en Reforma, El Financiero, Harpers Bazaar, Elle, Literal Magazine y Nagari, entre otras. Editó Alcanzar el vuelo.Responsabilidad social en las empresas, publicado por Cemefi. Es licenciada en Comunicación y cursó la maestría en Desarrollo Humano en las organizaciones

María Eugenia Falomir Estudió Antropología Social y Maestría en Ciencia Política. Andando por el camino de las Ciencias Sociales, se topó con la Literatura. Sintió el gozo de escudriñar las palabras y jugar con ellas y vislumbró una nueva manera de abordar la realidad, sin ataduras. Publicó en Editorial Planeta su primera novela “Cuando Llegue la Lluvia”.

Sandra García Bringas Albert Considera que universo es lenguaje. Disfruta escuchar, leer y escribir historias, sobre todo en invierno. Sus hijos son su inspiración para decir el mundo. Estudió Educación en la Universidad Iberoamericana y trabaja desarrollando material educativo.

Rebeca Orozco Estudió Ciencias de la Comunicación Social. Inició su trayectoria profesional escribiendo guiones de radio y televisión, continuó con una obra de teatro antes de escribir su primer volumen de cuentos: Azul rey, azul reina. Incursionó en la literatura para niños con  libros de historia, de ahí brincó a la novela histórica para todo público. Su última novela dedicada a Rosario Castellanos la ha llevado a viajar por la República Mexicana difundiendo su poesía. Ya nos sorprenderá con la armoniosa novela que  ahora escribe.

Marina Talanquer Estudió la Licenciatura de Periodismo y Comunicación Colectiva en UNAM y la Maestría en Creación y Apreciación literaria en Casa Lamm. En su primera novela, Solo queda despedirse aborda el tema de la Guerra Civil  y el exilio español en México desde una mirada íntima y poética.

Raquel Stolarski (México, 1948) Apasionada abuela de tres niñas. Dedicó sus primeros diez años de vida profesional a la psicología social. Luego, durante cuatro décadas ha creado esculturas en vidrio. exponiendo en México y en el extranjero.  Su obra ha  sido motivo de diversos reconocimientos; destacan la medalla de oro en el concurso internacional de arte en vidrio,“Kristallnacht ’91”y la presea “Magnus Laurentius Medices” por el quinto lugar en escultura, en la Bienal de Florencia.  En los últimos años se enfrascó en el aprendizaje del oficio de escribir, la más difícil de todas las profesiones. Anhela contar, en una novela, las aventuras y desgracias de un héroe fallido.

Laura Vit Es mexicana del entonces D.F. Estudió Biología y años después Literatura en la  UNAM. Escribió cuentos hasta descubrir el placer de narrar largas historias. Procura no acumular dos días sin dedicarse a ello. En esta  primavera atroz del 2020 se ampara bajo el manto que le ofrece la palabra. Es autora de Giordano Bruno. Forastero en el Universo y Demonio del medio día.

4 comentarios sobre “Palabras entrelazadas/ Diario del Covid III

  • el 01/07/2020 a las 9:34 am
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    Un texto muy íntimo y poético.

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  • el 01/07/2020 a las 2:02 pm
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    Es interesante encontrar un grupo de mujeres escritoras que unen voces a
    través de palabras. Felicidades por poner sonido a una época en la que sus voces invitan a la reflexión de el significado de «Las Palabras» y la necesidad de armonizar estas como una pieza de música que aunque recurre a sonidos distintos, se unan armoniosamente para contar historias dentro de una que tuvo muchas resonancias en el Planeta entero. Ya que no es local, es universal.

    Respuesta
  • el 01/07/2020 a las 6:52 pm
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    Me gusta mucho leerlas y entenderlas, sigan escribiendo, lo hacen increíble!
    Felicidades

    Respuesta
  • el 01/07/2020 a las 11:15 pm
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    Me gusto mucho !! Cada una con su propio estilo que lo hace muy enriquecedor.
    Gracias por compartir.

    Respuesta

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