Palabras entrelazadas/ Diario del Covid IV

Publicamos la cuarta parte de «Palabras entrelazadas» un diario escrito por siete escritoras mexicanas.

«Era domingo, lo recuerdo bien, cuando tuve que llamar a mi compañera de escuela. ¿Cómo darle el pésame a quien perdió a su madre y al hermano, uno tras otro?  ¿Qué puedo decirle cuando tiene que enfrentarse a la burocracia, en una batalla de actas y trámites para que le entreguen sus cadáveres, arriesgándose al contagio?»

16 de mayo

Raquel

Todos los días, a las siete de la noche, anuncian los números del mal en nuestro territorio. La explicación se desarrolla de manera aséptica. Modelos, contabilidad y gráficas de colores; un dato, otro dato y otro más. Nos vemos mañana.

Ocurrió, como tenía que ser, que las cifras de la pantalla empezaran a colarse por debajo de mi puerta, adquiriendo un rostro. Los primos de mi amigo se contagiaron, vaya a saber dónde, me dijo furioso, porque les negaron la prueba en varios hospitales. Aislarse en casa, paracetamol para conjurar los delirios por la fiebre y esperar. Así los recetaron a distancia.

Era domingo, lo recuerdo bien, cuando tuve que llamar a mi compañera de escuela. ¿Cómo darle el pésame a quien perdió a su madre y al hermano, uno tras otro?  ¿Qué puedo decirle cuando tiene que enfrentarse a la burocracia, en una batalla de actas y trámites para que le entreguen sus cadáveres, arriesgándose al contagio? Muda, sentí la respiración de la peste sobre mi cuello.

Hace días, cuando llevaba a mi hermana al hospital para recibir su quimioterapia, al mirar el cielo descubrí una gruesa columna de humo negro. Esa imagen, que a mis ojos pertenecía a otro sitio y a un tiempo pasado, me erizó la piel.  La ubicación del crematorio que habita entre nosotros fue delatada en un breve artículo de la prensa matutina. No se dan abasto, turno tras turno, reportaron. Vuelan las cenizas y se depositan sobre los árboles de Bosque de Alisos. Vecinos de la zona declaran haber sellado puertas y ventanas para aislarse del olor indescriptible que arrastra el viento. Los ojos les lloran y ellos también.

Personas.

Somos personas con días y noches de fragilidad. Personas con rostro, personas caídas. Personas cargando su miedo, sus lágrimas y las pérdidas que se van apilando, una sobre el peso de la otra. ¿Cómo es que tantas historias de vida pueden, en un suspiro, quedar reducidas a un número indefinido?

Rabia en el infierno

 Laura

Una noche, de pronto, sin que hubiera motivo para hacerlo, me di cuenta de por qué no podía corregir la novela que llevo años escribiendo: temo que se contagie de COVID19.

Raquel

R entró en pánico.

Así que no solo los virus de la naturaleza matan, dilucidó.  También existen los virus de inteligencia artificial, creados para aniquilar ideas transcritas en palabras, sentimientos hechos personajes; historias inventadas y hasta recuerdos de muchas vidas.  Son los asesinos de novelas.

19 de mayo

Daniela

D se despierta con el canto de los pájaros y una punzada en el estómago. La punzada que habita este cuerpo, que le advierte del peligro, que la paraliza. La punzada compañera que le decía “ él tomó de más, hazte la dormida”. Pero por más que lo intentara, la punzada no se estaba quieta.

Ahora la punzada vive aletargada por la felicidad que encuentra en lo cotidiano, en los colibríes bebiendo de sus agapandos, en los saltos de sus perros, en las bromas de sus hijos. Hay muchos días felices, pero también hay mañanas así con miedo, miedo a la enfermedad, miedo al mundo que cambia, miedo al regreso, miedo al mundo como era y miedo del mundo que vendrá. Miedo de ver que los hijos crecen para irse. Hace días no despertaba así. La terapia de la limpieza había surtido efecto, barrer las inquietudes y lanzarlas al bote de la basura lejos, muy lejos. Lavar los basureros y desaparecer los rastros.

Un gallo canta.

El día comienza.

Inhala y exhala para expulsar u olvidar el miedo.

Hoy toca aspirar.

Hoy contará nubes, rosas, trapos, calcetines, letras, pasos.

Hoy tiene cita con las jacarandas.

21 de mayo

Daniela

¿Cuántos años de terapia tomará curarse de los agravios de los hijos? De ese permiso otorgado por la maternidad culposa. Llega el golpe invisible mientras trato de olvidar lo que sucede allá afuera. Evado las ocho planas dedicadas a la pandemia. Me distraigo con fotos de juventud en que soy idéntica a mi adolescente. Se lo digo. Tremendo insulto: parecerse a su madre. Acomodo los platos en la lavadora. Algo muy dentro se desmorona. Regreso a las noticias. Al mundo externo.

Raquel

Noticias de afuera.

Cuarto día de quimio de mi hermana.  El tráfico rumbo al hospital va en aumento; hay más gente en la calle; algunos negocios están abiertos.  Abrupto y prematuro despertar del monstruo-ciudad que aún sigue pintando de rojo muerte el mapa de México.

Durante el trayecto encontré de nuevo la columna de humo negro del crematorio, ensuciando el cielo. Ya no hubo sobresalto, sino una sensación de cotidianidad.  Quizá algo semejante le fue ocurriendo a los habitantes cercanos a Auschwitz. Se acostumbraron a convivir con el horror. Tanto, tanto, que al ser interrogados después de la guerra, muchos declararon no saber nada de lo que pasaba al interior de las vastas instalaciones del campo de concentración, su vecino. Hoy puedo entender que no todos mentían.

Negar para vivir, vivir negando lo que encarna el humo.  Conjuro de la imaginación para no llegar a convertirnos en ceniza. 

Sandra

Y al mismo tiempo, en algún lugar se celebra un cumpleaños. Siete vueltas al sol llenas de emoción. S ha transformado la piñata que estaba en casa en un nuevo personaje: quitar lo viejo, pegar papel, dejar secar, cubrir con pintura.

Y entonces las noticias del periódico desaparecen, porque están cubiertas de colores y rellenas de dulces. Y la vida puede ser celebración y agradecimiento.

Todo sucede al mismo tiempo, y todo es.

Daniela

Celebrar con piñatas, ahora que su hijo menor acaba de estrenar la mayoría de edad. D recuerda la euforia ante las piñatas rotas, los regalos, los inflables. El hijo que la abraza, el hijo que no ha aprendido a herirla. ¿Estaría ya desde entonces alimentándose del rencor que luego habría de escupirle?

Raquel

Los cumpleaños del encierro ya se acumulan por más de una decena.  Celebraciones de vida cuando ésta se encuentra en pausa, invernando. Pasó el día de Madres y se irá también el día del Padre, mientras cada escritora descifra su paisaje interior al mirar el mundo del afuera, protegida por el cristal de su ventana.

Laura

Los hijos. Los hijos son como un baúl de sorpresas siempre entreabierto. Nuestros movimientos, palabras o hechos provocan que lo que ahí se guarda se deslice fuera causándonos alegría o dolor. Somos las madres quienes tenemos el poder de transformar el reclamo en algo luminoso, o permitir que la sombra oscura, que ha reptado fuera del baúl, anide muy dentro de nosotras.

La culpa. ¿Qué humores  medioevales la provocan? ¿Los indígenas americanos la conocieron? ¿Los orientales sienten culpa? ¿Existe ese sentir en culturas remotas? Supondría que no. Debe ser producto de nuestra manida herencia occidental.

Daniela

Más allá de humores, quizá fueron los hombres los autores de la culpa, desde la Biblia hasta Freud. La madre como basurero de frustraciones. Así que hoy ¿cómo sacudir ese polvo fino que se asienta en las miradas y reproches?

Raquel

Perdonarse a una misma por lo hecho y también por lo omitido. Perdonarse por no haber sabido caminar por otra ruta, mientras íbamos resolviendo los acertijos de ser madre, absortas en medio del remolino de la vida, a ciegas y sin manual de operaciones. 

A veces también toca pedir perdón. Escribir una carta bien llorada y reposada, escarbando en el pasado para mirarse en el espejo de los recuerdos. Una carta que el hijo lea en la intimidad, para que sepa, aunque no la conteste, porque no quiere o no puede. Si la guarda y luego la relee, quizá con los años y a la distancia, comprenda razones y circunstancias.

No hay remedio, la vida sin abolladuras y cicatrices, ni siquiera existe en los cuentos de hadas.

Maru

“Tus hijos no son tuyos son hijos e hijas de la vida deseosa de sí misma” dice el poeta. Los padres los llevamos de la mano hasta la vera del camino. De ahí en adelante irán solos a buscar el futuro. Su naturaleza es ser ingratos, necesitan serlo para desprenderse sin dolor y marcar sus  huellas en el terraplén. Necesitan herir para sentirse dueños de sus pasos. A veces nuestro silencio les ayuda a reflejarse en el espejo y cuando llegue el futuro caerán en cuenta. Ya les tocará acompañar a los suyos hasta la vera del camino y cumplir con la deseosa vida.

22 de mayo

Marina

Amanece.

Espero el recorrido de todas las emociones en una sola jornada.

Lloras por un vídeo, te encabronas viendo el caminar cansino y la cabeza gacha; vuelves a llorar cuando pasan los “músicos callejeros” y, desde los balcones, alguien les aplaude. Te agotas. Te entra la energía y barres como si quisieras aniquilar todo el polvo del mundo. Extrañas. Suena el teléfono y el estómago sufre un descalabro. Vuelves a extrañar. De vez en vez sonríes. Pierdes el tiempo en modo neutro, en fin…

También tejo, desde hace días, en medio de las horas trastocadas. Tejo con las manos torpes y, a ratos, con ojos de agua. Tejo la cobija que casi hace dos años se quedó pendiente. Tejo para la niña sana y fuerte que sí pudo ser. Y tejo por la criatura suave y frágil a la que solo acuné por un instante.

Tejo por los anhelos perdidos, por los sueños rotos sin cumplir. Tejo y entre cada cadena enlazo los deseos de un mejor futuro, las sonrisas de mis niñas y la esperanza de que en otros tiempos, no sé cuáles, pueda tener entre los brazos un sano y fuerte corazón latiendo en un mundo mejor.

Tan solo tejo.

Daniela

Hace años yo decía que mi familia estaba compuesta por retazos hilvanados de aquí y de allá. Distintas madres, distintos padres y yo el hilo que entretejía. Cosiendo la manta que a todos cubría.

Laura

Antes de sentarme a escribir, me gustaba bordar siguiendo una antigua tradición familiar. A mi gran amor dediqué varios dechados con versículos bíblicos; para nuestro primogénito, un arca de Noé; en el hospital, con cuidado de no moverme ni un ápice, dejé sobre la tela un pajarito que echó a volar por no encontrar una rama de olivo donde posarse. Al pequeño, aquella frase de “¡para comerte mejor!” rodeada de bosques, abuelas y lobos. Cuidando a mi padre moribundo, bordé una cuadrícula con distintas plantas con su nombre latino. Lo rematé y dejé pasar muchos años antes de volver a enhebrar una aguja para contar historias coloridas. Mis dos nietas tienen los suyos.

Maru

Nunca fui buena para el tejido, aunque mi abuela se afanara en ello.  Mejor le ayudaba a hornear. Quizá por eso hoy hacer pan me nutre. Amasar, dejar levar, formarlo, ver cómo sube y se dora, esperar para partirlo. Cortar el primer pedazo se vuelve un ritual, un día de recompensa. Las noticias, con sus vivos y sus muertos se esfuman. Las pequeñas rencillas cotidianas se disuelven. La tristeza por la próxima partida de una de mis hijas se esparce por el jardín.

La ausencia del nieto que canta y sonríe con generosidad, dolerá.

El vaivén de la vida es inevitable.

Sandra

Vaivén de hilos que se entretejen.

En el telar de lanza viaja el hilo en su nave de Madera. Chaz chaz con los pies y vuela de regreso aquella madeja, dejando a su paso la trama.

En este telar de la vida, ¿qué somos?

Ir y venir.

Chaz chaz.

Abrazos por entregar.

Chaz chaz.

Jacarandas que se desnudan.

Chaz chaz.

Hijos que crecen.

Chaz chaz.

Mujeres que aún escriben.

23 de mayo

Laura

Ahora, que hasta las palabras se guardan, las escritoras tejen o recuerdan haber bordado; la fiel Penélope les susurra al oído: no destejan por la noche, lo que lograron de día.

Semblanzas de las autoras

Daniela Becerra Desde niña se refugia en las palabras leídas o escritas, los cielos y la imaginación. Ha publicado en Reforma, El Financiero, Harpers Bazaar, Elle, Literal Magazine y Nagari, entre otras. Editó Alcanzar el vuelo.Responsabilidad social en las empresas, publicado por Cemefi. Es licenciada en Comunicación y cursó la maestría en Desarrollo Humano en las organizaciones

María Eugenia Falomir Estudió Antropología Social y Maestría en Ciencia Política. Andando por el camino de las Ciencias Sociales, se topó con la Literatura. Sintió el gozo de escudriñar las palabras y jugar con ellas y vislumbró una nueva manera de abordar la realidad, sin ataduras. Publicó en Editorial Planeta su primera novela “Cuando Llegue la Lluvia”.

Sandra García Bringas Albert Considera que universo es lenguaje. Disfruta escuchar, leer y escribir historias, sobre todo en invierno. Sus hijos son su inspiración para decir el mundo. Estudió Educación en la Universidad Iberoamericana y trabaja desarrollando material educativo.

Rebeca Orozco Estudió Ciencias de la Comunicación Social. Inició su trayectoria profesional escribiendo guiones de radio y televisión, continuó con una obra de teatro antes de escribir su primer volumen de cuentos: Azul rey, azul reina. Incursionó en la literatura para niños con  libros de historia, de ahí brincó a la novela histórica para todo público. Su última novela dedicada a Rosario Castellanos la ha llevado a viajar por la República Mexicana difundiendo su poesía. Ya nos sorprenderá con la armoniosa novela que  ahora escribe.

Marina Talanquer Estudió la Licenciatura de Periodismo y Comunicación Colectiva en UNAM y la Maestría en Creación y Apreciación literaria en Casa Lamm. En su primera novela, Solo queda despedirse aborda el tema de la Guerra Civil  y el exilio español en México desde una mirada íntima y poética.

Raquel Stolarski (México, 1948) Apasionada abuela de tres niñas. Dedicó sus primeros diez años de vida profesional a la psicología social. Luego, durante cuatro décadas ha creado esculturas en vidrio. exponiendo en México y en el extranjero.  Su obra ha  sido motivo de diversos reconocimientos; destacan la medalla de oro en el concurso internacional de arte en vidrio,“Kristallnacht ’91”y la presea “Magnus Laurentius Medices” por el quinto lugar en escultura, en la Bienal de Florencia.  En los últimos años se enfrascó en el aprendizaje del oficio de escribir, la más difícil de todas las profesiones. Anhela contar, en una novela, las aventuras y desgracias de un héroe fallido.

Laura Vit Es mexicana del entonces D.F. Estudió Biología y años después Literatura en la  UNAM. Escribió cuentos hasta descubrir el placer de narrar largas historias. Procura no acumular dos días sin dedicarse a ello. En esta  primavera atroz del 2020 se ampara bajo el manto que le ofrece la palabra. Es autora de Giordano Bruno. Forastero en el Universo y Demonio del medio día.

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