Palabras entrelazadas/ Diario del Covid VII

Hoy publicamos la última parte de «Palabras entrelazadas», diario íntimo sobre la pandemia realizado por siete escritoras mexicanas: «Cerramos cajas, cerramos ciclos. Seguimos enumerando despedidas.»

27 de junio

Raquel

No sé cuánto tiempo más seguiremos mirando al tiempo pasar. Junio se va esfumando y ya asoman los calores y aguaceros de julio. Hoy se me antoja hacer un balance. En un extremo están los que, sostenidos por la ilusión de la salud, aún permanecen aferrados a su “prisión domiciliaria.” Viven entre sobresaltos al interior de las familias y los quehaceres que apaciguan turbulencias. Algunos inventándose una guarida de silencio para conservar la cordura.

En el mundo de allá afuera, las pérdidas se han vuelto moneda de uso común. Cada quien libra sus batallas. ¿Qué otra queda, pues?

Un afuera que podría explotar de horror.

Sandra

Ayer jugamos escondidillas. Solía encontrar a mis hijos tan pronto abría los ojos. Pero ya no.  El jardín queda en silencio, los ojos buscan pistas entre las ramas, detrás de las macetas; los oídos un sonido que delate el escondite.

En cuclillas, tras las azaleas, los miro.

Sus ojos abiertos, diciendo “Ya te vi”, para ver si alguno cae.

Risas que florecen entre las macetas o que ruedan del aguacate. Está la felicidad esperando que la encuentre.

29 de junio

Laura

Hoy, mala idea para empezar el día, leí las noticias de un país europeo que nos lleva la delantera en este asunto de la pandemia. Las secuelas del Covid repiten los síntomas del feroz contagio. Me regresa el miedo, ese que te seca la boca y te quita el hambre. O te lleva a comer de más, según.

Laura

Un cielo renegrido anuncia tormenta. Los árboles de la barranca se miran entre ellos y sonríen. Yo, por el momento, no logro hacerlo. Ayer, nuestros dos hijos, tan extranjeros uno como el otro, nos advirtieron que no vendrán en  diciembre. Nos perderemos otra etapa de las nietas. Ayer el Covid nos condenó a la soledad de los viejos. La tormenta ha comenzado, me alegro por los árboles que ya se estremecen bajo el agua.

1 de julio

Raquel

Me despertó el grito sordo de una alarma. Corrimos al comedor para evaluar el vaivén del candil, que nunca se dio. Eran como las cuatro de la mañana. Fue la alarma general del edificio la que emitió su alarido. No la culpo, también ella anda desencajada y presenta una excesiva sensibilidad al movimiento. Se rumora que la espantaron una pareja de gatos haciendo el amor en el jardín.

Laura

Corregía mi novela. Me puse de pie y aprisa me dirigí a algún lugar que olvidé en el camino. Entré en el estudio de mi esposo y le di un beso. Regresé satisfecha a seguir revisando lo escrito en otra vida. No puedo imaginar mejor destino que ese.

Daniela

Los pequeños gozos cotidianos. Acá llenamos cajas como si estuviéramos en una mudanza. En cierto modo lo estamos. Mudando a otro modo de vida. Se empacan juguetes, ropa, tacones altos, botas, libros infantiles y peluches. Hoy que salió la primera entrega al dispensario, sacamos las cajas con alivio. Dije adiós a los Snoopys de fieltro de mi infancia, y que por tantos años guardó mi hija. Adiós también a las medallas de mis gimnastas infantiles. Cerramos cajas, cerramos ciclos. Seguimos enumerando despedidas.

2 julio

Maru

Hoy recordé el viaje que hicimos a Norogachi, a visitar la Clínica San Carlos, en Tarahumara. El padre Pancho nos esperaba con su gorra de piel, sus orejeras y unos lentes oscuros, como de piloto de la Segunda Guerra Mundial. Su avión parecía que también lo era. Al iniciar el vuelo vi un pequeño agujero cerca de mis pies que me permitía ver el abismo. El padre sonrió y me dijo que no me preocupara; tampoco por la puerta que no cerraba del todo y ya había afianzado con un alambre antes de despegar. Me pidió que tuviera confianza, que disfrutara del paisaje. Los cerros y las barrancas estaban cuajadas de pinos iluminados por el sol naciente. Cuando aterrizamos el alma, que andaba en ese cielo tan azul, me volvió al cuerpo.  Lo miré y pensé que nuestro piloto era un hombre feliz. Surcaba la sierra de cabo a rabo, para acompañar a sus queridos raramuri. Algunos años después su avión se desplomó.

Siempre recordaré su confianza para arriesgarse a vivir la vida, sin importar lo que le tuviera destinado.

Daniela

Volar y arriesgarse ¿podremos hacerlo desde el confinamiento?, ¿podremos hacerlo regresando, cautelosamente, a los espacios públicos? Ayer por la tarde, un camión de mensajería  trajo el diploma de la universidad de mi hija. Grité de emoción y, al mismo tiempo, sentí llegar en ese sobre, en ese modo de envío, una entrega del futuro en pausa.

La extensión de la desesperanza.

Laura

¿Será que la ponzoña de este virus anulará el “futuro promisorio” de los jóvenes? ¡NO y mil veces no! Confío en que ellos encontrarán el camino para seguir adelante. Ahí tenemos a las legendarias doncellas hijas de Noé, quienes, enterrando el tabú en aquellos lodazales, supieron cómo repoblar el mundo.

Daniela

Aprenderé a no decirle a mis hijos que los veo muy desabrigados. A no preguntarles si desayunaron. A no esperar de ellos carreras ascendentes ni familias tradicionales.

Aprenderé a caminar con ellos, sin la carga de las expectativas.

Laura

Llegó julio, mes de festejos. Llevamos ciento doce días quedándonos en casa. Estamos a día 2. Luego vendrá el 4, Independencia de Estados Unidos; el 12, cumpleaños de mi esposo; el 14, Fiesta Nacional de Francia; el 19, nuestro aniversario de boda, cincuenta años. 50 con número y letra. Desde 2019 planeamos un paseo en barco. Como soy claustrofóbica nunca he aceptado un viaje así, pero me dije, “basta de melindres”. Ya nunca sabré si habría aguantado no poder bajar en cuanto comenzara a rechinar los dientes. Ahí tienen, nuestro viaje se suspendió. Esto era una bobería. ¿Cuántos viajes importantes, ¿cuántos planes de crecimiento?, ¿cuántos proyectos incumplidos. ¿Cuántas vidas truncadas?

¿Qué nos depararán, a ti y a mí, los años que están por venir?

Marina

Despacio llega la noche. Los pájaros han ido abandonando su trinar. Es curioso, pero antes ni siquiera los notaba. No sé desde cuándo están ahí, algunos anidando entre los cables de la luz y el transformador. Ahora oscurece y los pájaros callan, las calles se aquietan y el asombro se extiende. Se instala el conticinio. Esas horas de la noche en las que todo guarda silencio. Horas en las que puede escucharse, si estás atenta, el latir desacompasado del corazón.

También surgen las voces que guarda la memoria: “Abuela, ¿puedes venir? No hemos visto a nadie… Te extraño. Te lavas las manos y te quitas los zapatos”. “Abela a quitas tapa a bocas” murmura la más pequeña. “Abelo dónde está…  dónde está abelo…” Llevamos días, muchos días sin verlas; ya perdí la cuenta; sin poderlas abrazar, escuchando sus voces y sosteniendo sus miradas a través de una pantalla. Las resistencias se vencen, se aumentan los cuidados y, al fin, corres al encuentro. El corazón se acelera y late más y más fuerte. También en medio de la noche y su silencio.  Hay un futuro que se construye con miedo. Me aferro al encuentro, a su recuerdo.

Mañana, antes de abrir los ojos, volveré a escuchar el canto de los pájaros. Saldré de la cama con la pereza del nuevo despertar. Estaré contenta. Mis hortensias volverán a mostrarme su fragilidad y su belleza. Comenzaré a extrañar. Seguiré los rastros del aroma del café recién colado y me toparé de frente con los rayos de sol que intentan filtrarse por la ventana aún dormida.

Transcurrirá el día, un día más de los muchos que faltan por venir contenidos entre las paredes de este hogar. Y llegará de nuevo la noche con sus largas horas de silencio. Y estaré atenta a las historias que se oculten en el nuevo conticinio. Quizá, si aguzo los sentidos, descubra entre las sombras una promesa y los pasos de una incertidumbre que se aleja.

Semblanzas de las autoras

Daniela Becerra Desde niña se refugia en las palabras leídas o escritas, los cielos y la imaginación. Ha publicado en Reforma, El Financiero, Harpers Bazaar, Elle, Literal Magazine y Nagari, entre otras. Editó Alcanzar el vuelo.Responsabilidad social en las empresas, publicado por Cemefi. Es licenciada en Comunicación y cursó la maestría en Desarrollo Humano en las organizaciones

María Eugenia Falomir Estudió Antropología Social y Maestría en Ciencia Política. Andando por el camino de las Ciencias Sociales, se topó con la Literatura. Sintió el gozo de escudriñar las palabras y jugar con ellas y vislumbró una nueva manera de abordar la realidad, sin ataduras. Publicó en Editorial Planeta su primera novela “Cuando Llegue la Lluvia”.

Sandra García Bringas Albert Considera que universo es lenguaje. Disfruta escuchar, leer y escribir historias, sobre todo en invierno. Sus hijos son su inspiración para decir el mundo. Estudió Educación en la Universidad Iberoamericana y trabaja desarrollando material educativo.

Rebeca Orozco Estudió Ciencias de la Comunicación Social. Inició su trayectoria profesional escribiendo guiones de radio y televisión, continuó con una obra de teatro antes de escribir su primer volumen de cuentos: Azul rey, azul reina. Incursionó en la literatura para niños con  libros de historia, de ahí brincó a la novela histórica para todo público. Su última novela dedicada a Rosario Castellanos la ha llevado a viajar por la República Mexicana difundiendo su poesía. Ya nos sorprenderá con la armoniosa novela que  ahora escribe.

Marina Talanquer Estudió la Licenciatura de Periodismo y Comunicación Colectiva en UNAM y la Maestría en Creación y Apreciación literaria en Casa Lamm. En su primera novela, Solo queda despedirse aborda el tema de la Guerra Civil  y el exilio español en México desde una mirada íntima y poética.

Raquel Stolarski (México, 1948) Apasionada abuela de tres niñas. Dedicó sus primeros diez años de vida profesional a la psicología social. Luego, durante cuatro décadas ha creado esculturas en vidrio. exponiendo en México y en el extranjero.  Su obra ha  sido motivo de diversos reconocimientos; destacan la medalla de oro en el concurso internacional de arte en vidrio,“Kristallnacht ’91”y la presea “Magnus Laurentius Medices” por el quinto lugar en escultura, en la Bienal de Florencia.  En los últimos años se enfrascó en el aprendizaje del oficio de escribir, la más difícil de todas las profesiones. Anhela contar, en una novela, las aventuras y desgracias de un héroe fallido.

Laura Vit Es mexicana del entonces D.F. Estudió Biología y años después Literatura en la  UNAM. Escribió cuentos hasta descubrir el placer de narrar largas historias. Procura no acumular dos días sin dedicarse a ello. En esta  primavera atroz del 2020 se ampara bajo el manto que le ofrece la palabra. Es autora de Giordano Bruno. Forastero en el Universo y Demonio del medio día.

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