Redimensionar el teatro/Ensayo

Por Fanny Morán

Luisa Josefina Hernández ha sido una escritora constante. Tiene sesenta obras de teatro, diecisiete novelas, una gran cantidad de ensayos y textos traducidos. Entre sus trabajos se encuentran Agonía, Los sordomudos, La corona del ángel, Arpas blancas… conejos dorados, La paz ficticia, El orden de los factores, En una noche como esta, Habrá poesía, El lugar donde crece la hierba, Nostalgia de Troya, Las bodas, sólo por mencionar algunas.

Nació en la Ciudad de México un dos de noviembre de 1928. Estudió la carrera de Derecho que abandonó por las letras. Fue alumna de Rodolfo Usigli. Concluyó la maestría en Letras con Especialización en Arte Dramático en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, en donde también ha sido profesora de arte dramático. Es integrante del Sistema Nacional de Creadores de Arte del Fonca desde 1994. Para Luisa Josefina, estudiar teatro en la universidad, le abrió “el mundo de la técnica consciente”, lo que significa que el escritor toma conciencia de los temas que enmarcan su escritura y la transmite al público.

De Usigli retoma la esencia de evocar el teatro hacia una problemática social enfatizada en la política nacional. En un principio en su obra se notaba el interés político y la realidad social que la rodeaba, denunciaba injusticias de un pueblo dividido por las diferentes clases sociales, porque mostraba la desigualdad, la riqueza económica regional, el desarrollo y el progreso; sin embargo, en una entrevista que concede para Spring en noviembre de 1984, a la edad de 56 años, ella misma advierte un cambio en su escritura, porque dejó de interesarse en la política y se concentró en ideas metafísicas sobre el destino del hombre y los valores de los seres humanos.

Se caracteriza por ser una dramaturga excepcional y fundamental que aborda temas que rompen con nociones canónicas. En su obra saca a los personajes femeninos del umbral y desarrolla en torno a las mujeres historias en donde ellas salen del ámbito doméstico a perseguir su destino. Sus personajes ya no están a la espera y buscan su camino. De sus antecesoras, mujeres que vienen de la época revolucionaria de los años veinte, retoma la tradición de romper el silencio.

Pertenece a la generación del medio siglo junto a Inés Arredondo, Rosario
Castellanos, Sergio Magaña, Jorge Ibargüengoitia, Emilio Carballido, Dolores Castro, Ricardo Garibay, Jaime Sabines y Juan García Ponce.

Las primeras obras que escribió fueron por “pasión”; la última de ellas, Los
huéspedes reales. Después, comenzó a escribir sólo por encargo para festividades nacionales. La paz ficticia, Popol Vuh, Quetzalcóatl y La fiesta del mulato, es teatro escrito para jóvenes “a los que había que educarlos en movimientos históricos de México”.

Se centró en temas realistas. Sus personajes recorren un camino más personal e íntimo. Su obra es de vital importancia por la profundidad de los temas y problemas que aborda así como por el alcance que tienen y la nueva perspectiva o panoramas que aportan.

Su escritura no está comprometida con el estilo, sino con la verdad y la belleza. “Cuando escribo no pienso en géneros” señala la autora. Por ello, incursiona en distintos géneros: pasa por las teorías de Brech, por el teatro de época, por los contemporáneos y prueba con el teatro absurdo, de este último se considera precursora gracias a sus diversos ensayos por los que se ha convertido en influencia teórica para las siguientes generaciones.

Para los dramaturgos de habla hispana es ella quien descubre las teorías de Eric Bentley y Kitto. El trabajo de Luisa Josefina Hernández ha sido premiado en diversas ocasiones. La autora muestra un avance que sólo se adquiere con el ejercicio de la escritura constante, como lo señala Rosario Castellanos. Y es por ello que resulta innegable que su obra tiene una estructura eficaz y reveladora en la que pone en escena algo de la condición humana.

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