Reseña de Melina Balcázar

Sobre nuestros duelos aún no cerrados: Aquí no mueren los muertos: duelo y fotografía en México, de Melina Balcázar

Por Ulises E. Hernández

Basta recorrer una fotografía para que la memoria se active. El recuerdo, la experiencia y el momento son los componentes de los que se vale la fotografía para que se interprete. Melina Balcázar ha escrito un libro que detona la experiencia literaria a través de varias maniobras académicas en Aquí no mueren los muertos: duelo y fotografía en México (Argonáutica/UANL, 2020).

A través del ensayo, se vale de una experiencia afectiva para llevarnos de la mano por sus recuerdos y, claramente como vemos en el subtítulo del ensayo, por su duelo. Asimismo, a manera de una Cristina Rivera Garza (2016), se vale de Juan Rulfo para apropiarse de la muerte como medio para la reflexión literaria y académica; Rulfo, pues, es el guía en la muerte para ambas autoras y así se conectan puntos clave para el entretejido textual que las hace reconocerse en una figura central en su creación literaria. Balcázar repasa los Cuadernos, de Juan Rulfo, aquel escritor que siempre le escribió a la muerte y que sus personajes también eran fieles a esta: vivían en pos de un muerto, de su padre Pedro Páramo. Balcázar teje experiencias afectivas que nos llevan a reconocernos en ellas para que el efecto recaiga sobre las fotografías y su poder de evocación, sobre nuestros duelos aún no cerrados.

El libro se compone de tres ensayos que nos iluminan grandilocuentemente sobre el territorio afectivo de la muerte: el duelo. Un duelo velado por la imagen, el retrato y las religiones, pues el primer ensayo, titulado “Decidles que la muerte no existe”, abre las puertas del recuerdo de la autora sobre su familia, sus abuelos y su madre; la madre que será el punto de partida para la muerte misma. Entre estos lugares se moverá la escritura ágil y certera de Balcázar, quien nos habla desde un lugar brumoso, que es la experiencia de los muertos y sus relaciones con la “política de la memoria” que ensaya perfectamente la autora y que la lleva a conectar puntos entre el pensamiento de Rulfo, Jean Genet y Roland Barthes.

Barthes aparece en el segundo ensayo, “Te escribo esta carta a ti que estás en los cielos”, título tomado aparentemente de una línea que escribiera Rulfo a su madre muerta en una carta. Barthes indica que sólo al cerrar los ojos veremos claramente el discurso de la fotografía, porque cuando cerramos los ojos la imagen habla en el silencio, parafraseo al genio francés. Pareciera que Balcázar cerró los ojos y tuvo una analepsis para mirar de cerca a sus ancestros, que del lado paterno profesaban el espiritualismo; del lado materno, la religión católica imponía sus imágenes de sufrimiento y redención. A final de cuentas, esto no es gratuito, debido a que el ensayo de la autora se ve permeado por la religión, área necesaria para pensar el duelo y sus procesos.

“¿Qué más podría hacer la escritura sino desafiar a la muerte, encontrar la palabra que recibe lo invisible?”, se pregunta la autora hacia la mitad del libro para dar a entender cómo la escritura deviene en medio para que el fantasma o lo fantasmagórico se vuelque en hecho literario: hacer hablar a la fotografía y a la muerte es, como lo pensó Barthes, hablar en el silencio. “La Fotografía repite mecánicamente lo que nunca más podrá repetirse existencialmente”, dice Barthes en La cámara lúcida, libro-duelo materno. Es interesante ver cómo la autora, al igual que Barthes y Rulfo, tiende a crear una escritura para la muerte y que esta misma encuentre su punto de partida en la madre y así lo asevera Balcázar: “Madre sería el otro nombre de la imagen”.

Tres ensayos imprescindibles para la creación literaria a través de fotografías, ejercicio muy usado en las últimas narrativas escritas por mujeres mexicanas (Entre los rotos, de Alaíde Ventura Medina es un ejemplo contemporáneo e iluminador para esta técnica). De esta manera, Melina Balcázar entrega un libro único, inteligente y necesario para lograr comprender un poco más el duelo y su relación con la fotografía. Un duelo siempre latente que ha de permanecer en nuestras políticas de la memoria.

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