Sauce con Naranjo

Por Piedad Esther González Romero

La rutina, salpicada de ocio,

funda leyendas sorprendentes.

Misteriosa y de religión diferente, la iglesia episcopal sugiere una leyenda. Al bajar el calor, la brisa veraniega mece las ramas de los árboles en la colonia AltaVista. Las calles guardan secretos insospechados. Aconteceres diarios se adhieren a las paredes de las casas. Sus trazos arquitectónicos las distinguen y nos hablan del tiempo, del cuidado, de la rutina

Corría la década de los cuarenta. Los jóvenes emigraban a realizar sus estudios universitarios en las grandes ciudades del país o del extranjero. Los niños de las familias vecinas, al oscurecer, gozábamos de la palomilla. Aquel día, a media noche, Jorge Watkings emprendería su viaje a la Ciudad de México. No quiso irse sin organizar una despedida teatral e inolvidable. Él, junto con sus hermanos, fueron a buscarnos (a los Romero) para tramar un buen plan; así nos convertiríamos en cómplices de una historia fantástica.

Mis cinco hermanos y yo (Pity) fuimos a la esquina de Palma y Naranjo a invitar a los cuatro amigos Contreras Lippinkot. Los Watkings, otros cuatro, se dirigieron a la calle Cerezo a convocar un numeroso público. Jorge iba vestido de negro. Llevó consigo una linterna, una sábana y mucho ingenio. Entró por la propiedad de los Kauffman que vivían en Sauce, a un costado del parque; lo atravesó y llegó al patio de la iglesia.

El pequeño farol de enfrente era la única iluminación en la cerrada noche. Nuestro amigo subió por la torre del campanario. Sin que nadie lo notara, terminó de disfrazarse. Esperó la reunión de infantes para darle mayor suspenso y apareció en el momento justo de manera espectacular.

La sábana cubría su cabeza y la linterna enfocada de abajo hacia arriba de su cara, le daba un aspecto tenebroso. Llamó la atención al tocar la campana una y otra vez. Con pasos exagerados se movía y su voz grave y lúgubre clamaba con fuerza. Los niños impresionados gritaban y corrían. No sabían si estaban felices o si querían llorar al contemplar algo tan increíble. Algo que jamás habían visto en su corta vida.

Así estuvieron largo rato hasta cansarse de mirar hacia arriba. Poco a poco se retiraron, hasta quedar nada más los Watkings y nosotros, los Romero. Entonces, Jorge se quitó el disfraz y con sumo cuidado bajó de la estructura de tubos. Se reunió con nosotros para reír y disfrutar de nuestra gran hazaña. Se despidió para emprender su viaje.

Al día siguiente, los niños habían contado a sus padres la aparición del terrorífico fantasma. Al bajar el sol, crecía el murmullo de un grupo de familias mientras caminaban de prisa rumbo a la esquina de Sauce con Naranjo. Al gritar, señalaban el campanario del templo empedrado. Boquiabiertos, observaban el techo inclinado y negro. Una mancha parecía la imagen del blanco espíritu.

Misteriosa y de religión diferente, la iglesia episcopal motivó la leyenda del fantasma de la colonia AltaVista y desde entonces, el templo se convirtió en el símbolo de nuestra colonia y nunca más volvió a tener torre para llamar a los fieles.

Piedad Esther González Romero.
Nació en Tampico en 1952. Del 2012 al 2019, asistió a cursos literarios de la filóloga Ana Elena Díaz Alejo. En 2018, publicó dos cuentos en la revista digital Literapluvia. En
prensa su plaquette “La Puerta” en editorial Voces de Barlovento. En 2021, en Taller de Poesía con Marisol Vera y Guadalupe Vera publicó el poema “Meredith”. Hoy comienza en el Taller de Narrativa de Escritoras Mexicanas.

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