Sobre Lobo, de Bibiana Camacho

Por Ulises E. Hernández

En 2017 tuve un acercamiento a un libro de Bibiana Camacho (CDMX, 1974). Se trataba de su colección de cuentos La sonámbula (Almadía, 2013). El primer cuento que guardaba esa extraña colección era “La criatura”, que comienza así: “Llegó con la lluvia. Era una noche con granizo […] Había muchos truenos y relámpagos y a cada rato me paraba a rondar por la casa, prender luces, verificar que las ventanas estuvieran bien cerradas” (2013: 9). Por aquel entonces, pasado el 2016, año en que descubrí los cuentos de Amparo Dávila, estuve inmerso en una fiebre por leer cada vez más a autoras latinoamericanas que en su obra narrativa exploraran el fascinante mundo de las literaturas de “irrealidad”. Bibiana Camacho, entonces, se convirtió en una de las preferidas.

Si bien anoté que Amparo Dávila me introdujo a la literatura de corte fantástico-siniestro, encontré en la narrativa de Bibiana un dejo especialmente familiar: el gusto por las situaciones límite-amenazantes. La narradora del cuento antes citado pretende construir el relato de su decadencia psicológica desde la angustia que es la antesala a una noche difícil permeada por la lluvia. Entonces llegó, en 2019, Jaulas vacías (Almadía). Ahora Bibiana se inmiscuía en los espacios en donde es posible que se desate una situación desagradable, pero con otro tipo de ambiente: las jaulas. Samanta Schweblin lo hizo en Siete casas vacías (Páginas de espuma, 2015); luego, Brenda Navarro con sus Casas vacías (2018) retrató las desapariciones a través de las líneas de la crudeza que tiene la maternidad. Jaulas vacías se postulaba como una alternativa para repensar los espacios a través de la literatura fantástica.

Lobo (Almadía, 2017) es una novela sobre cuerpos desaparecidos. Lobo es un mosaico de lo que la locura, la paranoia y el miedo pueden sobre un cuerpo que es desplazado de su hábitat natural, que es el urbano. Así, pues, Berenice, la protagonista de esta novela, se encuentra en una misión: dar con el paradero de Felicia, una investigadora de gran reputación, pero que ahora funciona como un mueble (una gran referencia a ciertos académicos consagrados). Así, el hilo narrativo de la novela será el representar cómo una investigadora, que es maltratada por su novio mucho más joven que ella, y Berenice, que se aburre constantemente en aquella hacienda en la que vive Felicia, se interpelan a través de esporádicas reuniones para, en cualquier momento, hablar del proyecto de investigación que es el pretexto para su reunión interminable. En ocasiones la novela no funciona para mantener la atención de la lectora o del lector, esto debido a que lo académico se come a la narración inicial, que es la de narrar el porqué de que Berenice esté escapando de algo o de alguien.

En 208 páginas, Bibiana nos inmerge en un lapsus de suspenso que va in crescendo. Sin embargo, decae la acción y la trama se convierte en un relleno que intenta decirnos desde lo paranoico que nos quedemos, que aún habrá sorpresas. Lobo es una ficción que busca redimir al género del fantástico tradicional a través de audaces arcos narrativos marcados por la cadencia de una Amparo Dávila en su primera colección de cuentos, Tiempo destrozado (1959), mismo guiño que encuentro en La sonámbula.

Desde lo no-dicho es como Bibiana entrelaza la trama de la toda la novela. No es una exageración que la narradora siempre esté escuchando que algo se arrastra o que los sonidos del exterior sean sólo colores que se pierden en medio de un negro inmenso, el silencio. Desde el color blanco de su gato Nieve es en donde encontramos una repetición en la literatura de corte siniestro. En relación con esto, la escritora ecuatoriana Mónica Ojeda argumenta en su artículo “Tekeli-li, o el horror de lo innombrable en la literatura”, que el color blanco anticipa lo abyecto, lo abominable (Ojeda citada en Juan Berdeja, 2020). Luego, los colores, es decir, lo cromático es lo que nos llevará a las situaciones horrorosas y extrañas, como la vestimenta de las tres mujeres siniestras, toda de negro, llamadas las Belugas (Altagracia, Petra y Rafaela), mujeres solteronas prototípicas del horror siniestro de las autoras mexicanas del siglo xx (Dávila, Guadalupe Dueñas, Raquel Banda, Brianda Domecq, por mencionar algunas).

De esta manera, Lobo denota que lo imaginario está también en una niebla que se confunde con lo real. La locura, la paranoia constante de Berenice, así como el ensimismamiento que sufre Felicia, son los móviles con los que la trama se va moldeando para desembocar en situaciones que invaden de miedo y peligro a la novela. Desde el capítulo cero, buen gesto estético para alterar la linealidad del relato, encontramos que Lobo será una propuesta interesante, pero que repetirá formulas ya experimentadas. Esto lo escribo desde mi posición como lector en donde la novedad es gastada y pienso que hay que reescribir los libros y las ficciones que ya leímos anteriormente. Lobo lo consigue en momentos, mas no en toda la novela.

Un final abierto equivale a que ya no hay nada que narrar, parafraseo a la escritora argentina Mariana Enriquez. Lobo tiene un final de este tipo. Me gusta que la autora haya elegido concluir de esa manera, debido a que la galería de personajes que muestra Bibiana es silente. Es decir, encuentro en esta elección estética que el silencio es una manera de enunciar. Camacho se vale de los vacíos de la significación para que la lectora o el lector los llene con lo obtenido en la recepción, o sea, en la lectura de la novela. Esto hace que Lobo sea un show and no-tell (teorizado por Stephen King), que en su momento logra dinamitar, también, Mariana Enriquez en sus cuentos.

Una novela que sí sigue un hilo político: el de la violencia. Cuerpos desparecidos comenzarán a inundar las páginas de la segunda mitad de la diégesis. Esta violencia normalizada se intuye desde que el novio de Felicia, Dharma, la golpee en múltiples ocasiones. Luego, que el territorio del Lobo sea un campo fértil para las organizaciones delictivas. Desde ahí su guiño político, desde la normalización de estas violencias.

Camacho, Bibiana. Lobo. México: Almadía, 2017, 208 pp.

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