Sylvia Aguilar Zéleny/Entrevista

Por: Dulce María Ramón.

Siempre he escrito en la frontera, los personajes de mis cuentos siempre están a punto de cruzar de un punto a otro en su vida, o bien mirando hacia a un lado y otro de su frontera: la que se han construido o la que fue construida para ellos.

La escritora Sylvia Aguilar Zéleny es Licenciada en Letras por la Universidad de Sonora. Maestra en Estudios Humanísticos por el ITESM y Maestra en Escritura Creativa por la Universidad de Texas donde actualmente trabaja como Visiting Writer.

Es autora más de 12 libros, entre ellos los libros de cuento Gente Menuda [Voces del Desierto, 1999], No son gente como uno [ISC, 2004], Nenitas [Nitro-Press, 2013], Señorita Ansiedad y Otras Manías [Kodama Carontera 2014], y las novelas Una no habla de esto [Tierra Adentro, 2008], Todo Eso Es Yo [Premio Nacional de Novela Tamaulipas, 2015], así como de la serie juvenil Coming Out, seis novelas publicadas por Epic Press en Estados Unidos. Su libro más reciente lleva el título de Basura (Nitro-Press-2018)

Becaria tanto del Fondo Estatal como del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, parte de su obra ha sido traducida al inglés y al coreano y ha sido incluida en antologías de México, Corea, Estados Unidos y Perú.

Además, coordina el proyecto CasaOctavia con la colaboración de su esposo Carlos Hernández. El objetivo del proyecto es el apoyo a escritoras que requieran tiempo y espacio para trabajar en un proyecto creativo.

Sylvia nos brinda una entrevista donde habla de lo que para ella significa la escritura, la manera en que va entretejiendo sus historias y cómo va existiendo cada personaje.  Es sincera al declarar que “ama” la ciencia ficción. Y donde para ella “la carretera o las mañanas en un campamento se han vuelto el mejor lugar para escribir”

¿En qué momento de tu vida descubriste la escritura?

Creo que la descubrí como se descubren las mejores cosas, accidentalmente. Cursaba entonces un semestre de Letras Hispánicas en la UNAM, en esa época corta en que se me ocurrió vivir en el DF; tenía una profesora de Cultura Hispánica que nos decía que sin importar qué era de nuestras vidas profesionales, todos debíamos observar y escribir. Nos obligaba a escribir a diario y en clase, al azar, nos pedía leer. Supongo que le tomé el gusto a observar el mundo y a escribir de él. Uno de esos ejercicios se volvió mi cuento, “Zapatos” publicado en mi primer libro.

¿La escritura a dónde te lleva cuando le perteneces?

“Salgo de mí para volver a mí” dice un poema y creo que eso me ocurre. La escritura me lleva a espacios y personas ficticias que, en realidad, me regresan a lo que he visto y vivido, de otra manera, pero a experiencias que reconozco propias o al menos cercanas.  De mis textos surgen de preguntas, el resultado, no son las respuestas, pero sí las posibilidades. Así que a eso me lleva, a observar las posibilidades de la vida.

Tus personajes los construyes de la vida cotidiana. Por ello en cuanto comenzamos a leerte, de una u otra manera nos identificamos con ellas o ellos, por mínimo que sea. ¿Así lo concibes o nace de manera inconsciente?

Sí, yo no sé por qué nos afanamos los escritores en inventar cosas si en el día a día, en la rutina más sencilla, podemos encontrar historias enormes, detonadores formidables de creatividad. Lo que yo hago responde más a la llamada character-based writing. Concibo un personaje de lo más común y lo coloco en situaciones particulares y veo qué ocurre. Amo la ciencia ficción, me gusta el cuento fantástico, pero creo que no me siento capaz de jugar en ese género porque amo, por sobre todas las cosas, la magia que posee lo cotidiano.

¿Qué te produce el género del cuento como escritora?

El cuento, para mí, puede ser la más hermosa pieza de arte. El cuentista tiene que, en breve, a pinceladas y sugerencias permitirle al lector asomarse a la vida entera de un personaje a través de solo un momento en su vida. Nunca me imaginé haciendo novela porque, el cuento como género, me llenaba y me obligaba a la precisión del lenguaje. Si hiciera una lista de mis diez libros favoritos, puedo asegurarte de que seis-siete de ellos son colecciones de cuento.

Del cuento a la novela ¿Por qué?

Una no habla de esto se vendió como novela, a pesar de que el nombre de la protagonista es el mío. Pero, cuando trabajaba yo en él, no estaba pensando “estoy escribiendo una novela”, más bien pensaba: estoy haciendo un libro que es también un diario y que es también un juego consciente de ficción y realidad. Un juego que, además, necesitaba elementos que el cuento no me brindaba. Con Todo eso es yo ocurrió más o menos igual. Para contar la historia que yo quería contar necesitaba las posibilidades de la novela, fue menos incidental, pero creo que no es hasta ahora con Basura que entiendo qué me da un género y qué me da otro

¿Cuál es la diferencia de escribir cuento y novela para ti?

El proceso es igual, tengo una idea, vivo con ella, tomo notas, hablo de esa idea con alguien hasta que decido sentarme a escribir sin apuro alguno. La diferencia es que el cuento demanda más de mí, porque hay que buscar una y otra estrategia para aludir, crear esas puntas de iceberg que esconden una historia mayor.

¿Hablando de tu última novela Basura, escrita a tres voces, cómo surgió la idea que se desarrollara de esta manera?

Me gané una beca para asistir a Under the Volcano, una residencia de escritores en Tepoztlán y tomar un taller de narrativa con Luisa Valenzuela. En mi cabeza yo llevaba bajo el brazo un libro de cuentos a desarrollar ahí; tallereamos tres de esos cuentos y Luisa, al leerlos, me dijo “esto es una novela, mira tus tres personajes, todos guardan un secreto.” No me dijo más, no me dijo cómo hacer de esos tres cuentos una novela. Así que pasé algún tiempo pensando cómo podían unirse los destinos de esos tres personajes.

Originalmente la novela estaba compuesta de tres partes separadas, cada una para cada uno de los personajes, con la idea de que solo al final el lector pudiera ver qué unía a quién con quién y cómo. Mauricio Bares, mi editor, me hizo pensar que tal vez estaba demandando mucho del lector al presentar así tres bloques tan independientes. Creo que bastó eso para yo llegar a la clave de la trenza, esa estrategia que aprendí de un taller con Lidia Yuknavitch en Arizona hace unos años, fue la que me sacó del lío en el que me había metido Luisa Valenzuela.

Hablando de ti. ¿Cuéntanos sobre la rutina que llevas a diario para sentarte a escribir?

Estos dos últimos años he escrito más de lo que tenía planeado, había que terminar la edición de El Libro de Aisha, acabar Basura que ya tenía comprometida con Nitro-Press y, por si fuera poco, reescribir al inglés Todo es yo que me publica el año próximo Cinco Puntos Press. Así que no hubo una preciosa rutina con velas, música bajita e incienso, hubo más bien la locura por hacerlo todo y cumplir con los deadlines.

Sin embargo, si debo hablar de rutina cuando comienzo un proyecto normal (sin la presión de los tres anteriores), cuando decido de qué y qué quiero escribir lo primero que hago es investigar. Busco libros que de alguna manera u otra establezcan un diálogo con lo que tengo en mente; leo, leo, leo, tomo notas, tramo en mi cabeza. Y cuando estoy lista: escribo. Lo hago mejor fuera de casa (es el colmo, teniendo mi CasaOctavia que tenga que salirme de mi espacio para hacerlo, pero así funciono mejor). Me voy a un café y puedo pasar hasta cuatro horas tecleando sin parar. Tengo un pequeño tráiler y viajo muchísimo con mi esposo, así que la carretera o las mañanas en un campamento se han vuelto el mejor lugar para escribir.  

¿Tienes algún elemento que tengas que tener cerca de ti para comenzar a escribir?

Café o té y algo para masticar, nueces, arándanos, cheetos. Pero más bien creo que eso es mi ansiedad, ja. Hay ocasiones en que necesito tener música de fondo y hay ocasiones en que prefiero el silencio.

¿Tu mayor obsesión como escritora?

La exploración con la forma: el uso de diario, cartas, dibujos, notas al pie, fotos, cambios de tipografía, todo aquello que es -de un modo u otro- ese el modo en el que se comunican y son mis personajes. Los extremos: las voces muy jóvenes y las voces de la vejez.

Desde donde escribes, con todo lo que la escritura te ha dado. ¿cómo percibes a la mujer en la literatura mexicana?

A la mujer, como personaje de la literatura mexicana la veo con enorme decepción. Los personajes siguen ceñidos al patriarcado: son amantes o asesinas o bellezas increíbles que no pueden resistirse a un hombre… etc. etc. Obvio, hablo de aquellas escritas por hombres.

Ahora, a la mujer escritora en la literatura mexicana la veo a años luz en cuanto a sus propuestas: poesía, teatro, narrativa, guión, hay tantas voces sólidas hoy que además están creando sus propios espacios, plataformas, comunidades. Escritoras tomando riesgos, explorando formas, acercándose directa o indirectamente al contexto social de violencia que nos rodea. Es por eso que no entiendo cómo es que en los concursos los jurados siguen siendo dos o tres hombres y una sola mujer, las becas y los premios: igual. Los mejores libros en México de los últimos cinco años han sido escritos por mujeres, pero en las listas de los más vendidos, en las mesas de novedades ellas no están.

Escribir en la frontera ¿Para ti cuál es la diferencia?

Siempre he escrito en la frontera, los personajes de mis cuentos siempre están a punto de cruzar de un punto a otro en su vida, o bien mirando hacia a un lado y otro de su frontera: la que se han construido o la que fue construida para ellos.

Ahora bien, escribir desde la frontera ha sido una vuelta de tuerca para mí como persona, mujer, escritora. La frontera es un mundo propio, tiene su lenguaje, sus principios, es un colindar de experiencias. Los detonadores están en todos lados: el paisaje, la vida, sus habitantes. Todos los días hay algo nuevo. Ese el mueble viejo que no estaba ahí ayer y que ahora espera que alguien se lo lleve, ese el homeless que todos los días camina con apuro como si fuera a una cita. No digo que no sean cosas que ocurran en otros lugares y ciudades, pero la particularidad de la frontera es que es habitada por una mayor diversidad de herencias, acentos, texturas. Siento que aquí no tengo que sentarme a ver qué se me ocurre escribir, aquí abro la ventana y la escritura ocurre frente a mi callejón.

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